• MundoPoesía se ha renovado! Nuevo diseño y nuevas funciones. Ver cambios

Don Tocornal, reserva blanco.

rasec anevar

Poeta recién llegado
Entre pailas de cobre y sartenes con hollín gastados, rodeado de olores a orégano ajo y otros condimentos, empezaba su rutina de mañana tarde y noche.
Se paraba en medio de la cocina, impúdico y sin vergüenza, como iluminado de sus ganas vineras insaciables.
Tronco recto, con su mano izquierda en la cintura, sus ojos medios, pero expectantes y en su mano derecha, como un Cádiz, un trofeo: su vaso transparente, dorado de vino blanco. Su agua de la vida, Don Tocornal Reserva, recién ordeñado.
Se lo tragaba de un solo envión, en un ejercicio memorizado tan antiguo como la historia, al seco y sin pudor, en un movimiento instantáneo. Dejándolo de golpe borracho, amoroso y querendón, con un genio de abuelo dorado como su vino.
Nos regaloneaba a destajos, cantando, bailando y corriendo por la casa, cumpliendo todos nuestros caprichos de niños felices. Podíamos usarlo de caballo a cuatro patas, con sus tres nietos montados a cuestas, haciéndolo cabalgar por la casa y dejándole sus coyunturas moradas por el trajín desbocado.
Cuando este corcel eufórico se trasformaba en un percherón sin aliento, nos íbamos al jardín, ese de frutillas y hierbabuena, con madreselvas desordenadas y un viejo boldo descuidado y oloroso. Ahí podíamos pasa toda la tarde buscando a la “Fresa”, una vieja y solitaria tortuga de tierra que por lo general nunca se dejaba ver, era la dueña invisible del jardín, y en honor a su nombre devoraba cada una de las frutillas, sin preocuparse si estuvieran verdes o maduras, dejándole una indigestión que le duraba toda la estación. Para nosotros nos quedaban las frutillas que se salvaban de su apetito voraz, por lo general mutiladas, mordisqueadas por esta mascota incógnita del jardín.
El abuelo nos dejaba ahí, por que su sueño y cansancio lo vencían, se quedaba en el sillón, pegado al ventanal, donde podía vernos en sus últimos momentos de conciencia licorera, luego se dormía tan profundamente que ni nuestras insistencias brutas con su cuerpo adolorido, ni los gritos a boca de jarro al lado de su oreja, hacían silenciar sus ronquidos de bestia herida. Se dormía tan así, hasta que las ganas de otra copa al seco lo despertaban por más de su dulce y dorado trago amargo.
 
Entre pailas de cobre y sartenes con hollín gastados, rodeado de olores a orégano ajo y otros condimentos, empezaba su rutina de mañana tarde y noche.
Se paraba en medio de la cocina, impúdico y sin vergüenza, como iluminado de sus ganas vineras insaciables.
Tronco recto, con su mano izquierda en la cintura, sus ojos medios, pero expectantes y en su mano derecha, como un Cádiz, un trofeo: su vaso transparente, dorado de vino blanco. Su agua de la vida, Don Tocornal Reserva, recién ordeñado.
Se lo tragaba de un solo envión, en un ejercicio memorizado tan antiguo como la historia, al seco y sin pudor, en un movimiento instantáneo. Dejándolo de golpe borracho, amoroso y querendón, con un genio de abuelo dorado como su vino.
Nos regaloneaba a destajos, cantando, bailando y corriendo por la casa, cumpliendo todos nuestros caprichos de niños felices. Podíamos usarlo de caballo a cuatro patas, con sus tres nietos montados a cuestas, haciéndolo cabalgar por la casa y dejándole sus coyunturas moradas por el trajín desbocado.
Cuando este corcel eufórico se trasformaba en un percherón sin aliento, nos íbamos al jardín, ese de frutillas y hierbabuena, con madreselvas desordenadas y un viejo boldo descuidado y oloroso. Ahí podíamos pasa toda la tarde buscando a la “Fresa”, una vieja y solitaria tortuga de tierra que por lo general nunca se dejaba ver, era la dueña invisible del jardín, y en honor a su nombre devoraba cada una de las frutillas, sin preocuparse si estuvieran verdes o maduras, dejándole una indigestión que le duraba toda la estación. Para nosotros nos quedaban las frutillas que se salvaban de su apetito voraz, por lo general mutiladas, mordisqueadas por esta mascota incógnita del jardín.
El abuelo nos dejaba ahí, por que su sueño y cansancio lo vencían, se quedaba en el sillón, pegado al ventanal, donde podía vernos en sus últimos momentos de conciencia licorera, luego se dormía tan profundamente que ni nuestras insistencias brutas con su cuerpo adolorido, ni los gritos a boca de jarro al lado de su oreja, hacían silenciar sus ronquidos de bestia herida. Se dormía tan así, hasta que las ganas de otra copa al seco lo despertaban por más de su dulce y dorado trago amargo.


Bonta prosa Rasec me ha gustado como describes todo el ambiente la prosa fue muy buena y el final termino de darle ese cierre de oro...
Abrazos y besos.
Hasta pronto.
 
Ayuda Usuarios

You haven't joined any salas.

You haven't joined any salas.
Atrás
Arriba