Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Buenos Aires. Domingo de febrero. Siete y media
de la tarde. Sensación térmica: cuarenta y dos grados,
“a la sombra”. Vera, -Verónica- se fue… Por definitiva
cuarta vez. Pero esta vez, sacó pasaje a la infidelidad.
Acto, por tanto, imperdonable. Acto, que por mi parte
al menos, sobriamente no admitiría retorno... Creo.
La ciudad transpira por todos sus poros. Los coches
pasan como asteroides en llamas. Mi achacoso
ventilador, recoge su vaho ígneo y su sacrificado
pulmón, me lo arroja al rostro con la generosa
temperatura del aliento de un dragón. “Algo es algo”
–me digo- mientras, sabiamente me auto-aplico
mi técnica lagarto: quietud absoluta. Y funciona.
Apenas, si estiro el brazo y zambullo mi mano en el
conservador de hielo para pescar, entre escuálidos
cubitos y etiquetas que flotan, otra cerveza. Y van…
Ocho… De litro.
El impávido cartel luminoso del hotel de enfrente
-aún apagado- me sonríe con su sonrisa desdentada.
Ha perdido algunas letras de su ambicioso nombre:
RIVIERA.
Las palomas, cruzan raudas como grises mensajeras
indigentes -ignoradas por supuesto- pero, inspirada
por ellas quizá, es que la noche, acobardada como
cualquiera por este día volcánico que aún se resiste
a solidificar su lava de asfalto, comienza ¡por fin!
a extender sus letárgicas alas.
El cartel luminoso del hotel de enfrente -ahora
Encendido- me sonríe vivaz con su sonrisa desdentada.
Su ambicioso nombre: RIVIERA, carece de su ere
inicial y sus dos ‘íes’. Por lo tanto, el rojo carmín de
su titilante luz de neón, prendiendo y apagando con
burlona intermitencia, se me antoja un solapado
acuerdo con ella. Y no puede ser de otro modo. Si no,
por qué leo en el texto de sus cuatro estridentes
letras hábiles, justamente su apodo: VERA.
Vera… Vera… Vera… Vera... Vera... Vera... Vera...
Recalca rítmica y rabiosamente el maldito cartel.
¡Que hijo de puta! Y encima… ¡Se acabó la cerveza!
¡Ah! Pero eso, Vera y secuaz; ¡tiene solución!
©Juan Oriental
de la tarde. Sensación térmica: cuarenta y dos grados,
“a la sombra”. Vera, -Verónica- se fue… Por definitiva
cuarta vez. Pero esta vez, sacó pasaje a la infidelidad.
Acto, por tanto, imperdonable. Acto, que por mi parte
al menos, sobriamente no admitiría retorno... Creo.
La ciudad transpira por todos sus poros. Los coches
pasan como asteroides en llamas. Mi achacoso
ventilador, recoge su vaho ígneo y su sacrificado
pulmón, me lo arroja al rostro con la generosa
temperatura del aliento de un dragón. “Algo es algo”
–me digo- mientras, sabiamente me auto-aplico
mi técnica lagarto: quietud absoluta. Y funciona.
Apenas, si estiro el brazo y zambullo mi mano en el
conservador de hielo para pescar, entre escuálidos
cubitos y etiquetas que flotan, otra cerveza. Y van…
Ocho… De litro.
El impávido cartel luminoso del hotel de enfrente
-aún apagado- me sonríe con su sonrisa desdentada.
Ha perdido algunas letras de su ambicioso nombre:
RIVIERA.
Las palomas, cruzan raudas como grises mensajeras
indigentes -ignoradas por supuesto- pero, inspirada
por ellas quizá, es que la noche, acobardada como
cualquiera por este día volcánico que aún se resiste
a solidificar su lava de asfalto, comienza ¡por fin!
a extender sus letárgicas alas.
El cartel luminoso del hotel de enfrente -ahora
Encendido- me sonríe vivaz con su sonrisa desdentada.
Su ambicioso nombre: RIVIERA, carece de su ere
inicial y sus dos ‘íes’. Por lo tanto, el rojo carmín de
su titilante luz de neón, prendiendo y apagando con
burlona intermitencia, se me antoja un solapado
acuerdo con ella. Y no puede ser de otro modo. Si no,
por qué leo en el texto de sus cuatro estridentes
letras hábiles, justamente su apodo: VERA.
Vera… Vera… Vera… Vera... Vera... Vera... Vera...
Recalca rítmica y rabiosamente el maldito cartel.
¡Que hijo de puta! Y encima… ¡Se acabó la cerveza!
¡Ah! Pero eso, Vera y secuaz; ¡tiene solución!
©Juan Oriental