Jack Sparrow
Poeta reconocido
El alba asomándose suena como una puerta de fierro que se abre.
Mi voz, que se oía hasta hace un rato en el fin del mundo,
se silencia ahora con el llanto de unas aves que agonizan ignorándolo.
La noche se largó con el último sorbo condensado
en la brasa de una ardiente hoja esmeralda.
Ya no hay de esa alegría baldía compinche del faustino azul.
Desde la sierra vino orondo y lagañoso el día que ahogué en el mar.
Queda la nube opaca de mis ojos,
la pereza del cuerpo apaleado por el frío,
la última patada a la botella vacía.
Los muertos se han dormido y los vivos hacen jogging.
Los veo. Pobres seres que aspiran incólumes la sanidad,
respiran el aire que dejan los murciélagos.
Anhelan la sangre pura y los pulmones limpios,
mientras sus corazones laten lerdamente,
calentando aurorales la felicidad de la jornada.
La noche bastaba. En su absoluta existencia
era el producto de todos los júbilos, y era todo.
La luz era el pucho incandescente en mi labio seco y blanquecino.
El perfume era el chamusco cerebral que asaba mis neuronas.
El aire, el agua y la vida eran el insano rocío alcohólico de mi vaho
reposando las clorofilas incautas de los geranios.
¡¿También quieren lunes:! Qué no jodan!
yo me hago domingos cuando quiero.