Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
Dolor campamento para pasar la navidad sin provisión, en la isla perdida de Nunca Jamás, después de haber luchado infructuosamente, 20 años para que nos vinieran a rescatar.
Dolor, Hamat Gader con aguas de fuego sirio-israelí, sin poder salir de allí.
Dolor de la momia y de despojos, que aún con su llanto hablan, porque no pudieron dormir en calma.
DOLOR EN LA ISLA DE NUNCA JAMÁS
Dolor tan fuerte como la agonía de Goliat,
dolor dulce impostándose en los huesos,
dolor, ardiente dolor incendiando la hacienda,
dolor que carboniza electrocutando el espanto.
Dolor que roba cantos, arranca torrentes de llanto,
dolor que como bestia atacada, se refugia en amaneceres,
dolor, tan fuerte como lo sentía Cristo en su crucifixión,
dolor que desencaja el cuerpo con rabiosa mirada huracanada.
Dolor que no acepta más vestimenta que el mismo dolor,
dolor que se ríe del N-butilbromuro de hioscina,
dipirona, tramadol, diclofenaco, Naproxin, aspirina,
acetaminofen, Ibuprofeno, el hielo, el calor y la morfina,
dolor adicto, dolor que desvelas como cafeína y la cocaína.
Dolor que acorrala su víctima hasta volverla cenizas,
cáncer que devora, acorrala y lentamente mata,
dolor agonizante de meses dilatando suicidio,
dolor que grita aclamando la compañía de Eutanasia.
Dolor donde las horas pasan y la pócima falla,
guerra corporal declarada, donde los tendones
se ocultan tras su nido, tiritando de miedo y frio,
dolor amarillo, azul, rojo, morado y decolorado.
Dolor, en astillas, en desgarre, ensangrentado,
dolor enterrando el punzón para ser recordado,
dolor como estuario, como uranio, ¡furioso enano!
aguijón de clon de abeja gigante o colosal alacrán.
Dolor, ¡pestilente dolor!, que seca los labios con desazón,
muerte a fuego lento sin esperanza de cesación,
dolor que ahogó todos los lamentos y lagrimas,
que se siente en el cabello, las uñas y en la corona de espinas.
Dolor, Hamat Gader con aguas de fuego sirio-israelí, sin poder salir de allí.
Dolor de la momia y de despojos, que aún con su llanto hablan, porque no pudieron dormir en calma.
DOLOR EN LA ISLA DE NUNCA JAMÁS
Dolor tan fuerte como la agonía de Goliat,
dolor dulce impostándose en los huesos,
dolor, ardiente dolor incendiando la hacienda,
dolor que carboniza electrocutando el espanto.
Dolor que roba cantos, arranca torrentes de llanto,
dolor que como bestia atacada, se refugia en amaneceres,
dolor, tan fuerte como lo sentía Cristo en su crucifixión,
dolor que desencaja el cuerpo con rabiosa mirada huracanada.
Dolor que no acepta más vestimenta que el mismo dolor,
dolor que se ríe del N-butilbromuro de hioscina,
dipirona, tramadol, diclofenaco, Naproxin, aspirina,
acetaminofen, Ibuprofeno, el hielo, el calor y la morfina,
dolor adicto, dolor que desvelas como cafeína y la cocaína.
Dolor que acorrala su víctima hasta volverla cenizas,
cáncer que devora, acorrala y lentamente mata,
dolor agonizante de meses dilatando suicidio,
dolor que grita aclamando la compañía de Eutanasia.
Dolor donde las horas pasan y la pócima falla,
guerra corporal declarada, donde los tendones
se ocultan tras su nido, tiritando de miedo y frio,
dolor amarillo, azul, rojo, morado y decolorado.
Dolor, en astillas, en desgarre, ensangrentado,
dolor enterrando el punzón para ser recordado,
dolor como estuario, como uranio, ¡furioso enano!
aguijón de clon de abeja gigante o colosal alacrán.
Dolor, ¡pestilente dolor!, que seca los labios con desazón,
muerte a fuego lento sin esperanza de cesación,
dolor que ahogó todos los lamentos y lagrimas,
que se siente en el cabello, las uñas y en la corona de espinas.