Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuando entró Inés, el cuarto de baño presentaba una niebla cálida y húmeda. Diego, en la bañera, chapoteaba con un barco amarillo que paseaba por el agua como si fuese un auténtico trasatlántico. Una gran sonrisa se dibujaba en su rostro de niño
- Pero… ¿cómo hay tanto vapor?- preguntó su madre.
- Es que abrí un poco más el agua caliente. – respondió Diego, sin apenas apartar la vista de su barco.
- A ver…Venga, ya hay que salir que tienes los dedos arrugados-
Inés lo sacó de la bañera y lo secó concienzudamente. Arropó al pequeño con una gran toalla blanca y le frotó con fuerza la cabeza para secar bien el negro pelo. Mientras terminaba de secarle, Diego dibujó con el dedo un velero sobre el vaho del espejo.
- Mira mamá- dijo muy ufano
- Es muy bonito- respondió la madre.
Terminado el baño, y mientras Inés preparaba la cena, Diego en su cuaderno de clase se dedicó a pintar un barco de borda alta y negra y tres grandes chimeneas de las que salía un humo oscuro y poderoso. Tenía su ancla grande saliendo de un ojo de buey en la proa.
Se comió la tortilla francesa que le había preparado su madre a la vez que coloreaba con sus pinturas aquel barco fantástico y daba color a las olas del mar que lo rodeaban. Tras la cena, a la cama. Las oraciones y un cuento. Un cuento de seres fantásticos y bondadosos que leía de un libro que le habían regalado los abuelos.
- ¿Mañana iremos a ver el mar?- Lo preguntó cuando le habían colocado el embozo y le habían dado el beso de buenas noches.
- Ya veremos- contestó Inés.
A continuación, Inés fue a recoger el cuarto de baño. En el espejo, grandes gotas de agua resbalaban por los ángulos del velero que Diego había dibujado. La gamuza dejó el espejo limpio. Aclaró la bañera y sacó el barquito de plástico, para colocarlo en la repisa del jabón, donde a Diego le gustaba dejarlo. Escurrió el agua y secó las gotas que se habían esparcido por el suelo. Se sintió de pronto cansada. Fue a la cocina y se sentó a la mesa. Allí permanecía, abierto por el dibujo, el cuaderno de Diego. Contempló de nuevo el barco. Suspiró. Cerró el cuaderno y lo guardó en la cartera del colegio. Dos gruesas lágrimas se desprendieron de sus ojos mientras recordaba al padre de Diego, aquél hombretón grande y divertido que, una mañana, salió a pescar y se quedó para siempre en la mar.
- Pero… ¿cómo hay tanto vapor?- preguntó su madre.
- Es que abrí un poco más el agua caliente. – respondió Diego, sin apenas apartar la vista de su barco.
- A ver…Venga, ya hay que salir que tienes los dedos arrugados-
Inés lo sacó de la bañera y lo secó concienzudamente. Arropó al pequeño con una gran toalla blanca y le frotó con fuerza la cabeza para secar bien el negro pelo. Mientras terminaba de secarle, Diego dibujó con el dedo un velero sobre el vaho del espejo.
- Mira mamá- dijo muy ufano
- Es muy bonito- respondió la madre.
Terminado el baño, y mientras Inés preparaba la cena, Diego en su cuaderno de clase se dedicó a pintar un barco de borda alta y negra y tres grandes chimeneas de las que salía un humo oscuro y poderoso. Tenía su ancla grande saliendo de un ojo de buey en la proa.
Se comió la tortilla francesa que le había preparado su madre a la vez que coloreaba con sus pinturas aquel barco fantástico y daba color a las olas del mar que lo rodeaban. Tras la cena, a la cama. Las oraciones y un cuento. Un cuento de seres fantásticos y bondadosos que leía de un libro que le habían regalado los abuelos.
- ¿Mañana iremos a ver el mar?- Lo preguntó cuando le habían colocado el embozo y le habían dado el beso de buenas noches.
- Ya veremos- contestó Inés.
A continuación, Inés fue a recoger el cuarto de baño. En el espejo, grandes gotas de agua resbalaban por los ángulos del velero que Diego había dibujado. La gamuza dejó el espejo limpio. Aclaró la bañera y sacó el barquito de plástico, para colocarlo en la repisa del jabón, donde a Diego le gustaba dejarlo. Escurrió el agua y secó las gotas que se habían esparcido por el suelo. Se sintió de pronto cansada. Fue a la cocina y se sentó a la mesa. Allí permanecía, abierto por el dibujo, el cuaderno de Diego. Contempló de nuevo el barco. Suspiró. Cerró el cuaderno y lo guardó en la cartera del colegio. Dos gruesas lágrimas se desprendieron de sus ojos mientras recordaba al padre de Diego, aquél hombretón grande y divertido que, una mañana, salió a pescar y se quedó para siempre en la mar.