DIEGO
Poeta adicto al portal
Los observo impaciente. Por mucho rato.
Y quedo suspendido en este pensamiento: no tienen tiempo, o mejor dicho: no lo necesitan.
Sus movimientos de a ratos lentos, de a ratos nerviosos, no gastan el recorrido de las agujas ni esperan anocheceres.
Sin embargo, cada uno de ellos sabe que está vivo. Que la tarde sucede a la mañana y que además la oscuridad acecha. Pero lejos de la conciencia de las horas.
Los observo meditando, riendo, tratando de convencerme de que no están locos.
Y admito que a veces casi lo logran.
Y esa risa insistente y chillona, risa estrafalaria, reflejada en los espejos sucios del bolsillo y en los rostros de otros orates.
Mientras duermen, gritan, gesticulan o pelean; siempre la risa presente.
Y la intriga de no saber qué causa esa presencia constante, sigue impactando en mi cabeza.
Es que, al placer de la locura, solo el loco lo conoce.
Y quedo suspendido en este pensamiento: no tienen tiempo, o mejor dicho: no lo necesitan.
Sus movimientos de a ratos lentos, de a ratos nerviosos, no gastan el recorrido de las agujas ni esperan anocheceres.
Sin embargo, cada uno de ellos sabe que está vivo. Que la tarde sucede a la mañana y que además la oscuridad acecha. Pero lejos de la conciencia de las horas.
Los observo meditando, riendo, tratando de convencerme de que no están locos.
Y admito que a veces casi lo logran.
Y esa risa insistente y chillona, risa estrafalaria, reflejada en los espejos sucios del bolsillo y en los rostros de otros orates.
Mientras duermen, gritan, gesticulan o pelean; siempre la risa presente.
Y la intriga de no saber qué causa esa presencia constante, sigue impactando en mi cabeza.
Es que, al placer de la locura, solo el loco lo conoce.