BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay secuencias fijas en la mente.
Rocas atrapadas por un sinfín oculto
en la gravedad solitaria de la noche.
Alguien que devora sus propias manos
con lirios de plástico, crisantemos mojados.
Un insoportable hedor a muerte.
Las ligaduras del sometimiento renacidas,
unas chanclas por ahí tiradas, y un camión
de basuras congelado por los pájaros del destierro.
Hay coches que estacionan a lo largo del puerto,
un innumerable desorden de grúas, y un ruido
estremecido que concurre a su deriva sin anclaje.
Hay hermosas mujeres, periódicos que indican
la extinción de las piernas, los ombligos literarios
volcándose en sus fábulas impensables, narcisos
voraces lamiendo las botas del jefe.
Existen esos pequeños silos que aumentan
las cornisas de los cines, semillas de girasol
anegadas por un cisne de labios blancos.
©
Rocas atrapadas por un sinfín oculto
en la gravedad solitaria de la noche.
Alguien que devora sus propias manos
con lirios de plástico, crisantemos mojados.
Un insoportable hedor a muerte.
Las ligaduras del sometimiento renacidas,
unas chanclas por ahí tiradas, y un camión
de basuras congelado por los pájaros del destierro.
Hay coches que estacionan a lo largo del puerto,
un innumerable desorden de grúas, y un ruido
estremecido que concurre a su deriva sin anclaje.
Hay hermosas mujeres, periódicos que indican
la extinción de las piernas, los ombligos literarios
volcándose en sus fábulas impensables, narcisos
voraces lamiendo las botas del jefe.
Existen esos pequeños silos que aumentan
las cornisas de los cines, semillas de girasol
anegadas por un cisne de labios blancos.
©