Desde lo alto.
Desde arriba se ve todo diferente, el ambiente cambia, pues no es lo mismo ver desde abajo.
Veo y casi toco la copa del árbol de naranjo.
A mí alcance está el alambre de alta tensión, correo de emoción que viaja a velocidad imaginaria de la luz, sobre ella cabalga el
avestruz.
De cerca la luminaria del alumbrado público emana amarilla, nostálgica y lúgubre luz, realza la sombra del otro lado de la luna, veo la tuna delvecino.
El peregrino viento no lo veo pero lo siento. El manto oscuro de la noche
con las estrellas hace derroche, las luces de plata que titilan por el espacio
elíptico.
Tríptico de imágenes que brillan sin cesar en el firmamento que desde lo
alto parecen luciérnagas con su luz verdecina como turmalina o quizá
aventurina.
Desde aquí entra el sueño, plomos pesados se tornan los párpados que se doblegan del cansancio por el día que termina, la tenue neblina no se
disipa… todavía.
Augusto Morales
Desde arriba se ve todo diferente, el ambiente cambia, pues no es lo mismo ver desde abajo.
Veo y casi toco la copa del árbol de naranjo.
A mí alcance está el alambre de alta tensión, correo de emoción que viaja a velocidad imaginaria de la luz, sobre ella cabalga el
avestruz.
De cerca la luminaria del alumbrado público emana amarilla, nostálgica y lúgubre luz, realza la sombra del otro lado de la luna, veo la tuna delvecino.
El peregrino viento no lo veo pero lo siento. El manto oscuro de la noche
con las estrellas hace derroche, las luces de plata que titilan por el espacio
elíptico.
Tríptico de imágenes que brillan sin cesar en el firmamento que desde lo
alto parecen luciérnagas con su luz verdecina como turmalina o quizá
aventurina.
Desde aquí entra el sueño, plomos pesados se tornan los párpados que se doblegan del cansancio por el día que termina, la tenue neblina no se
disipa… todavía.
Augusto Morales