Jorge Yanes
Poeta fiel al portal
Entonces ahí iban con sus sombrillas grises. Resignados. Hundidos en sus rarezas traslucidas que crean atmósfera: Seca, disforme, pétrea e inmensa, los rodea y se apodera de ellos.
Se mezclan con la acera. Se convierten en asfalto y pavimento...y miran la atmósfera.
Estos la siguen. Buscan redención, lloran, se vuelven ira...y saludan.
Se vuelven jirones, añicos, reminiscencias, pedazos de palabras, ni silabas, ni siquiera letras, y se esconden tras sus manteles de piel y carne, ocultándose de los carnavales, y entonces hablan en lenguas indistinguibles, se alejan, y se vuelven trizas, ocaso y sombra: ignorancia.
La muerte los lleva de la mano, y ellos, tan sólo bajan la mirada, creyéndose inextinguibles... provocan risa, quizá la rutina los mata. A mí nunca me mató el circo, lo hice mi piel y su carpa, dormí en él.
Se vuelven a alejar, se hacen hermosas, y se cortan. Se hacen milímetros, quizá metros de pura desgracia, desvanecen parsimoniosamente y se desprenden de sus ojeras, parecen de vidrio, de todo, menos de hueso, y en minúsculas instancias: de memorias. Se miran entre sí, con sus cuellos torcidos y protestan, como repletos de aves, ahora hablan en señas.
Maquillados por el olvido y la amnesia se condensan en la luz...y se callan. Aun desvanecen. Se despliegan. Son casi tejido vegetal, quizá puro cartílago. Ya casi les pesan los años y cruzan océanos. Son como helechos, se destrozan a cada segundo, caen al piso repleto de carteles que cuentan mentiras. Los carteles hablan, ellos los escuchan. Yo hago acrobacias, malabares de olvidos y aguas y los recorto -a los carteles- y sus minutos que hablan, entonces se pierden a caballo mecánico, se hacen horizonte y hojas de romero, y al final...son fábula.
Se mezclan con la acera. Se convierten en asfalto y pavimento...y miran la atmósfera.
Estos la siguen. Buscan redención, lloran, se vuelven ira...y saludan.
Se vuelven jirones, añicos, reminiscencias, pedazos de palabras, ni silabas, ni siquiera letras, y se esconden tras sus manteles de piel y carne, ocultándose de los carnavales, y entonces hablan en lenguas indistinguibles, se alejan, y se vuelven trizas, ocaso y sombra: ignorancia.
La muerte los lleva de la mano, y ellos, tan sólo bajan la mirada, creyéndose inextinguibles... provocan risa, quizá la rutina los mata. A mí nunca me mató el circo, lo hice mi piel y su carpa, dormí en él.
Se vuelven a alejar, se hacen hermosas, y se cortan. Se hacen milímetros, quizá metros de pura desgracia, desvanecen parsimoniosamente y se desprenden de sus ojeras, parecen de vidrio, de todo, menos de hueso, y en minúsculas instancias: de memorias. Se miran entre sí, con sus cuellos torcidos y protestan, como repletos de aves, ahora hablan en señas.
Maquillados por el olvido y la amnesia se condensan en la luz...y se callan. Aun desvanecen. Se despliegan. Son casi tejido vegetal, quizá puro cartílago. Ya casi les pesan los años y cruzan océanos. Son como helechos, se destrozan a cada segundo, caen al piso repleto de carteles que cuentan mentiras. Los carteles hablan, ellos los escuchan. Yo hago acrobacias, malabares de olvidos y aguas y los recorto -a los carteles- y sus minutos que hablan, entonces se pierden a caballo mecánico, se hacen horizonte y hojas de romero, y al final...son fábula.