El sol declina:
alfiles y peones
cambian de nombre.
Soy otro y el mismo
borracho que arroja
monedas al tiesto.
El sol desluce
los caballos las torres.
Pliego el tablero.
En el andamio pesan
los pobres ladrillos
del almanaque.
Después de todo existen
los pálidos los tísicos
ciegos como yo que aspiran
a escribir en volutas
de humo las cifras
del sortilegio.
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