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De camino al umbral de Cronos

Malex

Poeta recién llegado
Ambrosía lastimada por espinos sin rocío
que muy a tu pesar, dejas tranquilamente
resbalar sobre tu lozanía de diosa omega
las lágrimas argentinas llenas de hastío,
desde que Piscis se deshebró en el Zodiaco.

Sí, sufrí contigo, sufrí junto a ti
las tempestades grises de la estepa
a la cual se destierran mis labios,
buscando infatigables el vino tinto
de los tuyos, como la segunda vez.

¿Quién ruin, ha osado sangrar tu elixir?
Ven cariño de mis pegásides, acude a mí,
encalla tu velero carmín en mis brazos,
mismo todavía pueden abrazarte,
aun pueden ser hogar para tu regazo.

Jazmín dulce, venéreo rumor de canciones,
alerces y sus hadas; tu lacrimar vano es
pues, mientras vago y mordaz tu recuerdo
ronde las lunares madrugadas, jamás habrá
estampa más pura para enjuagar mis venas.

En ellas mismas, precisamente murmullo,
suenas como atabal lejano en mi pecho,
cierzo adyacente a cada ensoñar sereno;
¡oh! cuán prodigioso es tu retrato en mi buró,
aleja con amabilidad las ganas de odiarte.

Siempre te encuentras ahí, honrosa,
vigilando mis latidos, acechándome
como la locura al insomnio insistente,
asesinándome de segundo a poco
con el Chanel impregnado en tu almohada.

Dime amada, ¿A dónde has vuelto?
Quiero ir a encontrarte, quiero firmar
mi testamento mientras te hago el amor
y arranco con mis dientes tus ropas,
contemplando así, la roma de tu piel.

¿Qué otro remedio tengo aparte de
escrbir mi epitafio en tus exhalaciones?
Creo que sí, me queda otro remedio;
terminar este poema claroscuro e ingrato
para sentirte sobre la tinta.
 
Ambrosía lastimada por espinos sin rocío
que muy a tu pesar, dejas tranquilamente
resbalar sobre tu lozanía de diosa omega
las lágrimas argentinas llenas de hastío,
desde que Piscis se deshebró en el Zodiaco.

Sí, sufrí contigo, sufrí junto a ti
las tempestades grises de la estepa
a la cual se destierran mis labios,
buscando infatigables el vino tinto
de los tuyos, como la segunda vez.

¿Quién ruin, ha osado sangrar tu elixir?
Ven cariño de mis pegásides, acude a mí,
encalla tu velero carmín en mis brazos,
mismo todavía pueden abrazarte,
aun pueden ser hogar para tu regazo.

Jazmín dulce, venéreo rumor de canciones,
alerces y sus hadas; tu lacrimar vano es
pues, mientras vago y mordaz tu recuerdo
ronde las lunares madrugadas, jamás habrá
estampa más pura para enjuagar mis venas.

En ellas mismas, precisamente murmullo,
suenas como atabal lejano en mi pecho,
cierzo adyacente a cada ensoñar sereno;
¡oh! cuán prodigioso es tu retrato en mi buró,
aleja con amabilidad las ganas de odiarte.

Siempre te encuentras ahí, honrosa,
vigilando mis latidos, acechándome
como la locura al insomnio insistente,
asesinándome de segundo a poco
con el Chanel impregnado en tu almohada.

Dime amada, ¿A dónde has vuelto?
Quiero ir a encontrarte, quiero firmar
mi testamento mientras te hago el amor
y arranco con mis dientes tus ropas,
contemplando así, la roma de tu piel.

¿Qué otro remedio tengo aparte de
escrbir mi epitafio en tus exhalaciones?
Creo que sí, me queda otro remedio;
terminar este poema claroscuro e ingrato
para sentirte sobre la tinta.



Triste melancolia para recorrer las poses cimbreantes de unas hermosas sensaciones
de fugaz modedura. encantadoras imagenes. felicidades. luzyabsenta
 
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