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Dama Mía

Edouard

Poeta adicto al portal
Zafios ojos de ónice claveteados. Escabel púrpura cual cascada boscosa por tus silentes sienes decayendo. ¡ Oh ! Dama mía. Reina de la penumbra nocturna. Ecuánime numen de fragor helado en mi corazón dolorido. Cuantos arrebatos de cólera por un amor imposible. Eres la ternura. Y el ladrón con su celemín dantesco. Riendo. Mientras la luna llena llora estrelladas saetas de bonachona lumbrera lechosa. Dama impía. Dame tu hiel amorosa. Embadurna mi faz de marioneta con la broma de sombreadas carcajadas fulminantes. Y desabrocha la blusa. Para que, envalentonado te la desgarre. Y mame de tus senos el veneno de Proserpina resucitada. ¡ Oh ! Dama de Picas. Eres dura como una maciza montaña. Y frágil como una amapola. Llevada al viento por el riachuelo puro del olvido. Quiero que seas mía. Pero vos siempre me recuerdas que no. Que es una vana ilusión de mendigo soñoliento. ¡ Hasta cuándo !. ¡ Oh ! Dama de mis amores. Te diluirás en mi mente. Petrificada en el espectro vil de un fantasma que nunca existió.
 
Gustavo Cervantes. En un principio, el hombre terriblemente enamorado de una endiosada mujer carnal se encanalla por las cuitas y desamores que ésta le propaga en su débil alma. Es el símbolo vivaz de una negra Lillith que aprisiona el deseo masculino. Hasta ahogarlo. Y matar el Ideal romántico. Para, así, vegetar éste en el vacío de un recuerdo de llameante fondo mortuorio. Atentamente Edouard.
 
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