crisantemo
Poeta fiel al portal
En la alcoba de su apartamento de Santa Mónica, el hipnótico tic-tac del reloj desencadena, en la frágil mente de Margaux, una deriva de imágenes contrapuestas; unas dibujan una sonrisa de ojos azules: su infancia en Idaho, Nueva York, París, el mundo de la moda… y otras empañan esos mismos ojos: dos matrimonios fallidos, las adicciones, la soledad…
Rodeada de un silencio casi tangible, se reclina en la cama apoyando la espalda contra el cabecero y lee, por enésima vez, la etiqueta de un Château Margaux del 51. Lo sostiene en la mano derecha, con la izquierda busca, sin apartar la vista de la botella, un sacacorchos que está en la mesilla. Palpa la base, ligeramente cónica, de una copa de cristal de talle alto con un cáliz amplio de bordes finos, roza con las yemas de los dedos un filo de papel satinado que sobresale de una caja de medicamentos, y por fin alcanza a tocar el mango de madera del sacacorchos.
-La botella es del lote del que bebieron sus padres la noche en que fue concebida, por eso el cambio de nombre de Margot a Margaux.
Coge el sacacorchos y corta la cápsula de papel de estaño con la navaja de la empuñadura, retira la pequeña lengüeta y clava la punta de la espiral en el tapón. El corcho chirría con cada vuelta. A pocos centímetros del borde, bascula el sacacorchos y encaja la muesca del fulcro en el cuello de la botella. Hace palanca, no es suficiente, repite la operación con la segunda muesca y tira del corcho hasta que oye el ¡Pop! Lo desenrosca de la espiral y lo huele, es un olor a madera, a penumbra, a tradición. Coloca el corcho con el escudo del Château mirando al techo sin perder de vista la caja de fenobarbital.
-Mañana es el aniversario del suicidio de su abuelo, se descerrajó un tiro con su escopeta de caza.
Coge la copa por el tallo, la inclina en un ángulo aproximadamente de 45 grados respecto a la botella, y vuelca su contenido. El líquido, que se atraganta en la angostura del cuello, sale a borbotones chocando violentamente contra el fondo del cáliz.
Margaux deja reposar la copa en la mesilla junto con la botella, atrapa entre los dedos índice y corazón el prospecto de fenobarbital, lo desdobla bajo la lámpara y lee, con atención, las dosificaciones recomendadas.
Engarza la copa entre sus dedos y describe un pequeño círculo con ella, luego otro y otro hasta que se forma un remolino. Lentamente el caldo libera los peculiares aromas de un año especialmente frío y lluvioso en la región de la Gironde.
Levanta la copa hasta cortar el plano que une la lámpara con sus pupilas. A contraluz, la honradez del cristal descubre los rojos intensos de los vinos del estuario de la Garonne, en contraste con el gris fúnebre de la caja de fenobarbital. Toma un trago corto y lo saborea; el alcohol potencia el bouquet del vino y explota su terroir Atlántico, arándano, violeta, sotobosque.
-El Château Margaux es un vino complejo y excepcional. Le recuerda a su abuelo Ernest, Ernest Hemingway.
Margaux es consciente de que se acerca el momento de la despedida, con la mirada recorre la alcoba. A medida que avanza deja, tras de sí, un halo de tristeza que cubre, como un guardapolvo, los muebles de la habitación.
Cierra los ojos, traga una sobredosis de fenobarbital y apura la copa de Château Margaux.
-La misma añada en la bienvenida y en el adiós, un titular apropiado para la fabulosa y frágil Margaux Hemingway acostumbrada a vivir esta clase de maridajes.
Relato de ficción basado en hechos reales.
Fuentes: revista People (reportaje febrero 1988) y la Web de Château Margaux.
Rodeada de un silencio casi tangible, se reclina en la cama apoyando la espalda contra el cabecero y lee, por enésima vez, la etiqueta de un Château Margaux del 51. Lo sostiene en la mano derecha, con la izquierda busca, sin apartar la vista de la botella, un sacacorchos que está en la mesilla. Palpa la base, ligeramente cónica, de una copa de cristal de talle alto con un cáliz amplio de bordes finos, roza con las yemas de los dedos un filo de papel satinado que sobresale de una caja de medicamentos, y por fin alcanza a tocar el mango de madera del sacacorchos.
-La botella es del lote del que bebieron sus padres la noche en que fue concebida, por eso el cambio de nombre de Margot a Margaux.
Coge el sacacorchos y corta la cápsula de papel de estaño con la navaja de la empuñadura, retira la pequeña lengüeta y clava la punta de la espiral en el tapón. El corcho chirría con cada vuelta. A pocos centímetros del borde, bascula el sacacorchos y encaja la muesca del fulcro en el cuello de la botella. Hace palanca, no es suficiente, repite la operación con la segunda muesca y tira del corcho hasta que oye el ¡Pop! Lo desenrosca de la espiral y lo huele, es un olor a madera, a penumbra, a tradición. Coloca el corcho con el escudo del Château mirando al techo sin perder de vista la caja de fenobarbital.
-Mañana es el aniversario del suicidio de su abuelo, se descerrajó un tiro con su escopeta de caza.
Coge la copa por el tallo, la inclina en un ángulo aproximadamente de 45 grados respecto a la botella, y vuelca su contenido. El líquido, que se atraganta en la angostura del cuello, sale a borbotones chocando violentamente contra el fondo del cáliz.
Margaux deja reposar la copa en la mesilla junto con la botella, atrapa entre los dedos índice y corazón el prospecto de fenobarbital, lo desdobla bajo la lámpara y lee, con atención, las dosificaciones recomendadas.
Engarza la copa entre sus dedos y describe un pequeño círculo con ella, luego otro y otro hasta que se forma un remolino. Lentamente el caldo libera los peculiares aromas de un año especialmente frío y lluvioso en la región de la Gironde.
Levanta la copa hasta cortar el plano que une la lámpara con sus pupilas. A contraluz, la honradez del cristal descubre los rojos intensos de los vinos del estuario de la Garonne, en contraste con el gris fúnebre de la caja de fenobarbital. Toma un trago corto y lo saborea; el alcohol potencia el bouquet del vino y explota su terroir Atlántico, arándano, violeta, sotobosque.
-El Château Margaux es un vino complejo y excepcional. Le recuerda a su abuelo Ernest, Ernest Hemingway.
Margaux es consciente de que se acerca el momento de la despedida, con la mirada recorre la alcoba. A medida que avanza deja, tras de sí, un halo de tristeza que cubre, como un guardapolvo, los muebles de la habitación.
Cierra los ojos, traga una sobredosis de fenobarbital y apura la copa de Château Margaux.
-La misma añada en la bienvenida y en el adiós, un titular apropiado para la fabulosa y frágil Margaux Hemingway acostumbrada a vivir esta clase de maridajes.
Relato de ficción basado en hechos reales.
Fuentes: revista People (reportaje febrero 1988) y la Web de Château Margaux.
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