Donde la sombra vive,
tenía su casita
un anciano escritor,
que, por las tardes,
contaba cuentos a los niños.
Los chiquillos, al atardecer,
corrían hacia el bosque.
El anciano abría su casa,
y, al calor de la chimenea,
contaba historias
con su trocito de miedo
que encantaban a los niños.
Una tarde, algunos padres
decidieron acompañar a los pequeños.
Muy enfadados los padres,
dijeron al anciano,
que esos cuentos
no eran apropiados para los niños,
y les prohibieron volver.
El escritor
siguió leyendo en el salón.
Poco a poco, los niños,
a través de la ventana,
volvieron para oír los cuentos,
y el anciano encantado,
siguió escribiendo y leyendo
para sus queridos niños.
Eso sí,
siempre decía
que eran solo cuentos
y los cuentos no son verdad.
tenía su casita
un anciano escritor,
que, por las tardes,
contaba cuentos a los niños.
Los chiquillos, al atardecer,
corrían hacia el bosque.
El anciano abría su casa,
y, al calor de la chimenea,
contaba historias
con su trocito de miedo
que encantaban a los niños.
Una tarde, algunos padres
decidieron acompañar a los pequeños.
Muy enfadados los padres,
dijeron al anciano,
que esos cuentos
no eran apropiados para los niños,
y les prohibieron volver.
El escritor
siguió leyendo en el salón.
Poco a poco, los niños,
a través de la ventana,
volvieron para oír los cuentos,
y el anciano encantado,
siguió escribiendo y leyendo
para sus queridos niños.
Eso sí,
siempre decía
que eran solo cuentos
y los cuentos no son verdad.