MundoPoesía se ha renovado! Nuevo diseño y nuevas funciones.
Ver cambios
JavaScript está desactivado. Para una mejor experiencia, por favor, activa JavaScript en el navegador antes de continuar.
Estás utilizando un navegador obsoleto. Puede que este u otros sitios no se muestren correctamente.
Debes actualizarlo o utilizar un
navegador alternativo .
¿Cuánto pesa un pan?
¿Alguna vez has llorado sentada en el suelo de tu cocina
con un cuchillo en la mano mientras el pan te mira
como si supiera que estás pensando en morir?
Yo sí.
No sé cuánto pesa un pan,
pero en mis manos pesaba más que toda mi vida.
Pesaba como una decisión. Como una despedida silenciosa
en medio de la nada.
¿Cuánto pesa un pan cuando mi cabeza
es una sala de gritos y el cuchillo tiembla conmigo
como si supiera lo que estoy pensando?
No lo digo en broma, ni como metáfora bonita.
Lo pregunto con el pecho abierto:
¿Cuánto pesa un pan cuando me sostiene la vida
solo por un hilo, solo por no querer
hacerle daño a mi madre, a mis amigos,
a ese pedazo de mí que todavía cree
que algo podría cambiar?
No hay luz. No hay consuelo.
Solo una angustia tan densa
que se me queda pegada en el pecho
como si fuese un puño cerrado por dentro.
Respiro como si tuviera agua en los pulmones.
Lloro sin saber si es hoy, o si llevo siglos llorando.
El corazón me duele, no como metáfora,
me duele físicamente. Como si alguien estuviera pisándolo,
como si latir fuese un castigo que no pedí.
Y ahí están las tijeras. Ahí está el cuchillo.
Ahí están las voces. Las que no se callan.
Las que me dicen que ya es suficiente.
Que no valgo. Que no importa.
Que si desaparezco, nadie lo notará
Y entonces me pregunto:
¿Cuánto pesa un pan? ¿Tan poco? ¿Tan mucho?
¿Tanto como para inclinar la balanza hacia la vida?
¿Por qué esta escena, tan cotidiana,
se convirtió en una guerra interna
donde yo soy las dos partes?
¿Por qué hacer un sándwich
termina en pensamientos tan oscuros, en lágrimas sin fin,
en mi cuerpo recogido como si quisiera volver
al vientre de alguien que me salve?
Hay días en los que solo quiero dormir.
No descansar. Dormir sin retorno. Apagar el dolor
como se apaga la luz de una habitación vacía.
Y lloraba.
Lloraba como una niña que nadie escucha.
Como alguien que se está hundiendo
y ni siquiera hace ruido, porque ya ni gritar sirve.
No quiero estar. No quiero existir.
No quiero fingir que estoy bien
cuando me estoy desmoronando
cada vez que respiro.
Y sin embargo, no lo hice.
No porque quiera vivir.
Sino porque ya ni siquiera tuve fuerza
para quitarme del mundo.
A veces lo más cruel no es el deseo de morir,
sino tener que seguir viva por inercia.
Y ese pan…
ese puto pan… se convirtió en un símbolo
de todo lo que callo, de todo lo que me consume.
Un pan.
Una comida cualquiera.
Fue suficiente para romperme.
Dime tú, ¿cuánto pesa un pan
cuando estás al borde de ti misma,
cuando el cuchillo no corta comida,
sino pensamientos?
Y aquí sigo.
En este pedazo de mundo
donde incluso llorar me agota,
donde los pensamientos me envenenan,
donde estar viva duele.
Pero sigo.
No por esperanza. No por fe. Sigo porque algo en mí,
aunque minúsculo, aunque roto, aunque casi muerto,
dice: espera.
Y si eso no es amor,
entonces que me expliquen
por qué aún con la garganta cerrada
escribo este poema
con las manos temblando
pero vivas.
La distimia es eso:
una sombra que no grita, pero no se va.
Una tristeza que se instala
como huésped incómodo que no deja dormir .
Última edición: 16 de Julio de 2025
Miembro del Jurado/Amante apasionado
Miembro del equipo
Miembro del JURADO DE LA MUSA
¿Cuánto pesa un pan?
¿Alguna vez has llorado sentada en el suelo de tu cocina
con un cuchillo en la mano mientras el pan te mira
como si supiera que estás pensando en morir?
Yo sí.
No sé cuánto pesa un pan,
pero en mis manos pesaba más que toda mi vida.
Pesaba como una decisión. Como una despedida silenciosa
en medio de la nada.
¿Cuánto pesa un pan cuando mi cabeza
es una sala de gritos y el cuchillo tiembla conmigo
como si supiera lo que estoy pensando?
No lo digo en broma, ni como metáfora bonita.
Lo pregunto con el pecho abierto:
¿Cuánto pesa un pan cuando me sostiene la vida
solo por un hilo, solo por no querer
hacerle daño a mi madre, a mis amigos,
a ese pedazo de mí que todavía cree
que algo podría cambiar?
No hay luz. No hay consuelo.
Solo una angustia tan densa
que se me queda pegada en el pecho
como si fuese un puño cerrado por dentro.
Respiro como si tuviera agua en los pulmones.
Lloro sin saber si es hoy, o si llevo siglos llorando.
El corazón me duele, no como metáfora,
me duele físicamente. Como si alguien estuviera pisándolo,
como si latir fuese un castigo que no pedí.
Y ahí están las tijeras. Ahí está el cuchillo.
Ahí están las voces. Las que no se callan.
Las que me dicen que ya es suficiente.
Que no valgo. Que no importa.
Que si desaparezco, nadie lo notará
Y entonces me pregunto:
¿Cuánto pesa un pan? ¿Tan poco? ¿Tan mucho?
¿Tanto como para inclinar la balanza hacia la vida?
¿Por qué esta escena, tan cotidiana,
se convirtió en una guerra interna
donde yo soy las dos partes?
¿Por qué hacer un sándwich
termina en pensamientos tan oscuros, en lágrimas sin fin,
en mi cuerpo recogido como si quisiera volver
al vientre de alguien que me salve?
Hay días en los que solo quiero dormir.
No descansar. Dormir sin retorno. Apagar el dolor
como se apaga la luz de una habitación vacía.
Y lloraba.
Lloraba como una niña que nadie escucha.
Como alguien que se está hundiendo
y ni siquiera hace ruido, porque ya ni gritar sirve.
No quiero estar. No quiero existir.
No quiero fingir que estoy bien
cuando me estoy desmoronando
cada vez que respiro.
Y sin embargo, no lo hice.
No porque quiera vivir.
Sino porque ya ni siquiera tuve fuerza
para quitarme del mundo.
A veces lo más cruel no es el deseo de morir,
sino tener que seguir viva por inercia.
Y ese pan…
ese puto pan… se convirtió en un símbolo
de todo lo que callo, de todo lo que me consume.
Un pan.
Una comida cualquiera.
Fue suficiente para romperme.
Dime tú, ¿cuánto pesa un pan
cuando estás al borde de ti misma,
cuando el cuchillo no corta comida,
sino pensamientos?
Y aquí sigo.
En este pedazo de mundo
donde incluso llorar me agota,
donde los pensamientos me envenenan,
donde estar viva duele.
Pero sigo.
No por esperanza. No por fe. Sigo porque algo en mí,
aunque minúsculo, aunque roto, aunque casi muerto,
dice: espera.
Y si eso no es amor,
entonces que me expliquen
por qué aún con la garganta cerrada
escribo este poema
con las manos temblando
pero vivas.
La distimia es eso:
una sombra que no grita, pero no se va.
Una tristeza que se instala
como huésped incómodo que no deja dormir .
Una batalla constante entre el deseo de escapar de la vida y el instinto de supervivencia.
A veces escribir es nuestra única vía de escape.
Saludos
Un abrazo desde la distancia.... y un secreto a compartir.