Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cuando tú callas,
algo se rompe en mi voz.
Cuando escondes la mirada,
el mundo se me vuelve gris.
No es mi piel la que sangra,
pero hay un eco tuyo que habita en mí,
y duele…
como si tus golpes
fueran cicatrices en mi espalda
No estás sola,
aunque el miedo te arrincone
y el amor se haya disfrazado de castigo.
Yo te veo…
aunque él te borre con cada grito.
Yo te escucho…
aunque el mundo diga que exageras.
Y si tiemblas,
yo tiemblo contigo.
Porque cuando tu dolor me duele a mí,
algo sagrado se despierta.
No hay cadenas que no crujan
cuando el alma se rebela.
Si tú lloras… yo no duermo.
Si tú huyes… yo camino detrás.
Porque no hay amor en quien te hiere,
y no hay justicia en quien calla más.
Te han querido silenciar,
pero tu voz late en mi pecho.
Cada marca tuya
es un grito que atraviesa mi piel
como un relámpago que no pide permiso.
Y no, no te culpes más.
El dolor que llevas
no es prueba de tu debilidad,
es evidencia de que sobreviviste.
Si pudiera arrancarte el miedo,
haría de mi abrazo tu escudo.
Si pudiera prestarte mis alas,
te enseñaría a volar otra vez.
Porque cuando tu dolor me duele a mí,
la indiferencia se convierte en lucha.
Y si tú no puedes hablar…
yo gritaré por ti.
Hasta que el silencio se rompa,
hasta que vuelva la vida,
hasta que seas libre…
y también feliz.
algo se rompe en mi voz.
Cuando escondes la mirada,
el mundo se me vuelve gris.
No es mi piel la que sangra,
pero hay un eco tuyo que habita en mí,
y duele…
como si tus golpes
fueran cicatrices en mi espalda
No estás sola,
aunque el miedo te arrincone
y el amor se haya disfrazado de castigo.
Yo te veo…
aunque él te borre con cada grito.
Yo te escucho…
aunque el mundo diga que exageras.
Y si tiemblas,
yo tiemblo contigo.
Porque cuando tu dolor me duele a mí,
algo sagrado se despierta.
No hay cadenas que no crujan
cuando el alma se rebela.
Si tú lloras… yo no duermo.
Si tú huyes… yo camino detrás.
Porque no hay amor en quien te hiere,
y no hay justicia en quien calla más.
Te han querido silenciar,
pero tu voz late en mi pecho.
Cada marca tuya
es un grito que atraviesa mi piel
como un relámpago que no pide permiso.
Y no, no te culpes más.
El dolor que llevas
no es prueba de tu debilidad,
es evidencia de que sobreviviste.
Si pudiera arrancarte el miedo,
haría de mi abrazo tu escudo.
Si pudiera prestarte mis alas,
te enseñaría a volar otra vez.
Porque cuando tu dolor me duele a mí,
la indiferencia se convierte en lucha.
Y si tú no puedes hablar…
yo gritaré por ti.
Hasta que el silencio se rompa,
hasta que vuelva la vida,
hasta que seas libre…
y también feliz.