Évano
Libre, sin dioses.
He vuelto a lo insondable de la muerte,
hasta esa era del ente de razón,
a cuando lo inerte fluye hacia lo vivo,
a ese big-bang del óvulo y esperma.
Hoy he sido el fantasma de mi fin;
era ánima en lo alto de la noche
de la copa del árbol de una cumbre.
Silueta dibujada bajo negro
universo de sombras infinitas.
Luego volaba dentro de mi oscura
ánima de cristales moribundos;
destellos en mi viaje hasta la vacua
gruta del espectro que mendiga
otros huesos, más carnes, otras almas.
Como vidrios rotos refulgían
los trozos que formaron a mi ser.
Vagaban al vacío donde yace
el que no existe más que en ese cruce
de teas que aletargan en confín,
o gruta de lo eterno de la nada
que alberga al universo diminuto
y a toda dimensión; y a esqueletos y almas
implorando abducir a otra existencia.
Desde la cueva que une dimensiones,
allí de donde parte el que no habita,
observé el porvenir de nuestra Tierra:
bajo cielos de llamas y relámpagos,
las alas de las almas arrancadas
se pisaban en lodos de cadáveres.
Truenos y sangres recorriendo todas
las laderas y valles y ciudades.
Amasijos y cuerpos desmembrados,
rostros desfigurados por el pánico.
Al alba de una noche de difuntos
mi fantasma del fin se disolvió
como aire que diluye luz y lluvia
y se lleva el arcoíris que conformo.
Ahora soy anejo de mi insomnio,
un saco de temblor hasta los ojos,
un pellejo colérico y escuálido
con huesos sudorosos y famélicos
y cuencas espantadas del espectro
que vigila delante de mi lecho
para defenestrarme de este mundo.
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