Un día entre frutillada, rizos y libros
Se deslizaron ya muchos días desde la última vez que caminé por esta calle, camino que he recorrido incontables veces en mi imaginación. Y ahora me encuentro transitando rumbo a su casa: El Misti, un lugar glorioso y resonado por mí mente.
Cuando llegué a la puerta de ingreso, la encontré cerrada. Resultó en una experiencia amuralladora y frustrante, deseaba con ganas insaciables pasar por esa puerta y envolverme nuevamente por el aroma arrebatador de ese bondadoso ambiente. Presentí que esta vez no alcanzaría ese afán.
Por ahí rondaba un chiquillo al que pregunté si estaban atendiendo, no me hizo caso, quizá por que no escuchó nada de lo que dije, pues nos embestía el sonido estruendoso de una maquina motorizada.
No quise desistir y puse las manos a mis bolsillos para encontrar mi celular, busqué el número telefónico de la casa y lo marqué sin respuesta mientras daba algunos pasos de aquí para allá. Timbré nuevamente para esperar la misma decepcionante respuesta. Volví y arrastré mi ser por donde había venido, con la triste y disipada esperanza de volver a ver a las irreemplazables chicas, entonces escuché un sonido finamente melodioso. Era una de ellas: Flor Yudy.
Cuando la observé pude apreciar su radiante rostro, el sol iluminaba con deleite aquel fino perfil.
Hola le dije acercándome a ella y dándole un cariñoso y añorado beso en la mejía, acompañado de un efusivo abrazo.
De mucho tiempo, que es de tu vida me contestó con una alegría expresiva y respondiendo cordialmente a mi contacto fulguroso.
Me esperas un ratito me contestó, y entró a su casa te voy a abrir la puerta.
Yo esperé y hubiera podido esperar todo el tiempo que ella lo anhele, una alegría inconmensurable irrigaba toda mi existencia. Escuché el sonido de la puerta que ahora se abría para mí, y en aquel momento ella me invitó a pasar. Yo no pretendí sentarme, me quedé fascinado al viajar con mi vista por aquel maravilloso lugar.
Siéntate, o ya no vas a crecer me estimuló ella, mientras colocaba unas fresas dentro del jarro de una licuadora.
Tomó con sus blandas manos un vaso de vidrio y le echó una porción de frutillada, aquella bebida de un sabor distinguido, néctar que canaliza mi fantasía a un lugar donde sólo existe ella. Me daba tanto gusto estar ahí, sentado frente a ella, mirándole a los ojos. Aquellos ojos bellísimos y sucumbidores, ojos de los que resulta en pérdida total tratar de esquivarlos. Es una lucha vana. Yo y todo rastro de querer mirar a otro lado, sucumbieron, fenecieron y huyeron. Se aproximó a mi lado (fue cara a cara, pues yo estaba en una mesa) y también se sentó.
Yo le escuchaba mientras su tierna voz acariciaba mis oídos, me contaba cómo anduvo por las calles zapateando, saltando y sonriendo a cuanta multitud veía. Señaló que el sendero fue extenuadamente largo, que aquel heroico acto le otorgó unas cuantas ampollas en los pies, pero que no concebía dolor alguno por tales motivos.
Formé un L con mis dedos pulgar e índice y agité mi mano de arriba para abajo, luego le pregunté:
¿Te habrás tomado unos tragos?
¡No! Contestó Tú sabes que yo no soy de ese tipo de personas.
Yo la acompañaba, imaginaba que estaba con ella, que era su pareja de baile, que la tomaba de las manos, que la miraba a los ojos mientras bailábamos vanidosamente por las calles.
Me contó que al poco rato de iniciar su danza, hizo un paso de saludo a la gente. Me relató que busco primeramente a los miembros del jurado antes que al público, y que a los espectadores los cautivó después. La atendía mientras platicaba, era un paraíso. Se levantó, era su deber servir otros vasos de frutillada para más personas. Mientras efectuaba su tarea, yo la miraba. Quedé paralizado al observar nuevamente sus ojos. Resultó en un momento del que no deseaba apartarme, concebí en esos instantes que cada segundo contaba, que no olvidaría jamás esos angelicales ojos. Contemplé su preciosos rizos y mis ojos se enterraron, mezclaron y resplandecieron mientras paseaba mi vista por esa exquisita cabellera.
Pero en aquella residencia convive otra chica: Gianela. Ella no tiene ese nombre, lo nombró para mí. Su original nombre es Flor Yanet. Cuando me expresó por primera vez su segundo nombre dijo que era Gianela, luego descubrí que es Yanet. Viví engañado por mucho tiempo, pero concluyo que ese nombre me gusta más que otro, que ese nombre la identifica de forma distintiva. Aquel nombre que nunca fue real, pero que ella sin saber me regaló. Yo decidí llamarla Gianela, es el producto de su engaño, de mi mundo.
Mi hermano quedó en regalarle dos libros a cada una y aquel día tomaron con sus propias manos los textos. Estaban contentas por los regalos.
Yo decidí hacerles una dedicatoria en uno de sus libros para cada una, ellas consintieron. Para Yudy le escribí esto:
Para Yudy:
La niña que baila y ríe dulcemente
Deseo que leas, entiedas y apliques lo del libro honestamente
Esto es lo que el mor de Dios significa: que observemos sus mandamientos y sin embargo sus mandamientos no son pesados
Con cariño para Flor:
La chica que motivó mi ausencia de curiosidad
Por la frutillada
Y mientras yo la bebía también la escuchaba
Existe un amigo nacido para cuando hay angustia
Cuando Gianela llegó de la calle, no entró sola. Igualmente la saludé con un beso en la cara y un reprimido abrazo. Y luego prosiguió:
Te presento a yo me paré y saludé al joven que acababa de entrar con ella (obviamente no le dí un beso ni tampoco un abrazo, preferí dibujar una fingida sonrisa en mi rostro y estirar de forma fúnebre mi brazo).
Yo concluí que se trataba de su chico, aunque Gianela no mencionó nada. Pero Gianela hizo algo más. Decidió cambiar el fondo musical de huaynos por las cumbias. Me engaño pensando que aquel acto fue un regalo para mí. Ella sabe que me agradan las cumbias, y que esa música es un caudal de recuerdos entrañables. Esa es la mentira que atesoro.
Llegó la hora de marcharse y despedirse. Yudy permanece en su habitación, así que únicamente le doy un beso y le regalo un abrazo cortés y amplio a Gianela (aprovechando la ausencia de su chico en aquel cuarto). Le digo que ha sido un agrado, un gusto y alegría visitarlas, que este lugar es un sitio dorado.
Ella se despide:
Dile gracias a tu hermano y que Dios le bendiga.
Y mientras pronunciaba aquel dicho, una grácil pero modesta y agradecida sonrisa se desprenden de sus labios. Alza la mano en señal de despedida y da un giro mostrándome la espalda.
Ahí terminó todo. Ese fue mi encuentro cercano del primer día del mes de abril del dos mil diez. Encuentro que soñé, sueños que recordé, recuerdos que aquel día se hicieron realidad, realidad que no niego y más bien aprecio. Aprecio tanto estos momentos que quise internetizar (o hacer que algo llegue a la Internet, según yo) en un relato de aquella celestial experiencia.
Se deslizaron ya muchos días desde la última vez que caminé por esta calle, camino que he recorrido incontables veces en mi imaginación. Y ahora me encuentro transitando rumbo a su casa: El Misti, un lugar glorioso y resonado por mí mente.
Cuando llegué a la puerta de ingreso, la encontré cerrada. Resultó en una experiencia amuralladora y frustrante, deseaba con ganas insaciables pasar por esa puerta y envolverme nuevamente por el aroma arrebatador de ese bondadoso ambiente. Presentí que esta vez no alcanzaría ese afán.
Por ahí rondaba un chiquillo al que pregunté si estaban atendiendo, no me hizo caso, quizá por que no escuchó nada de lo que dije, pues nos embestía el sonido estruendoso de una maquina motorizada.
No quise desistir y puse las manos a mis bolsillos para encontrar mi celular, busqué el número telefónico de la casa y lo marqué sin respuesta mientras daba algunos pasos de aquí para allá. Timbré nuevamente para esperar la misma decepcionante respuesta. Volví y arrastré mi ser por donde había venido, con la triste y disipada esperanza de volver a ver a las irreemplazables chicas, entonces escuché un sonido finamente melodioso. Era una de ellas: Flor Yudy.
Cuando la observé pude apreciar su radiante rostro, el sol iluminaba con deleite aquel fino perfil.
Hola le dije acercándome a ella y dándole un cariñoso y añorado beso en la mejía, acompañado de un efusivo abrazo.
De mucho tiempo, que es de tu vida me contestó con una alegría expresiva y respondiendo cordialmente a mi contacto fulguroso.
Me esperas un ratito me contestó, y entró a su casa te voy a abrir la puerta.
Yo esperé y hubiera podido esperar todo el tiempo que ella lo anhele, una alegría inconmensurable irrigaba toda mi existencia. Escuché el sonido de la puerta que ahora se abría para mí, y en aquel momento ella me invitó a pasar. Yo no pretendí sentarme, me quedé fascinado al viajar con mi vista por aquel maravilloso lugar.
Siéntate, o ya no vas a crecer me estimuló ella, mientras colocaba unas fresas dentro del jarro de una licuadora.
Tomó con sus blandas manos un vaso de vidrio y le echó una porción de frutillada, aquella bebida de un sabor distinguido, néctar que canaliza mi fantasía a un lugar donde sólo existe ella. Me daba tanto gusto estar ahí, sentado frente a ella, mirándole a los ojos. Aquellos ojos bellísimos y sucumbidores, ojos de los que resulta en pérdida total tratar de esquivarlos. Es una lucha vana. Yo y todo rastro de querer mirar a otro lado, sucumbieron, fenecieron y huyeron. Se aproximó a mi lado (fue cara a cara, pues yo estaba en una mesa) y también se sentó.
Yo le escuchaba mientras su tierna voz acariciaba mis oídos, me contaba cómo anduvo por las calles zapateando, saltando y sonriendo a cuanta multitud veía. Señaló que el sendero fue extenuadamente largo, que aquel heroico acto le otorgó unas cuantas ampollas en los pies, pero que no concebía dolor alguno por tales motivos.
Formé un L con mis dedos pulgar e índice y agité mi mano de arriba para abajo, luego le pregunté:
¿Te habrás tomado unos tragos?
¡No! Contestó Tú sabes que yo no soy de ese tipo de personas.
Yo la acompañaba, imaginaba que estaba con ella, que era su pareja de baile, que la tomaba de las manos, que la miraba a los ojos mientras bailábamos vanidosamente por las calles.
Me contó que al poco rato de iniciar su danza, hizo un paso de saludo a la gente. Me relató que busco primeramente a los miembros del jurado antes que al público, y que a los espectadores los cautivó después. La atendía mientras platicaba, era un paraíso. Se levantó, era su deber servir otros vasos de frutillada para más personas. Mientras efectuaba su tarea, yo la miraba. Quedé paralizado al observar nuevamente sus ojos. Resultó en un momento del que no deseaba apartarme, concebí en esos instantes que cada segundo contaba, que no olvidaría jamás esos angelicales ojos. Contemplé su preciosos rizos y mis ojos se enterraron, mezclaron y resplandecieron mientras paseaba mi vista por esa exquisita cabellera.
Pero en aquella residencia convive otra chica: Gianela. Ella no tiene ese nombre, lo nombró para mí. Su original nombre es Flor Yanet. Cuando me expresó por primera vez su segundo nombre dijo que era Gianela, luego descubrí que es Yanet. Viví engañado por mucho tiempo, pero concluyo que ese nombre me gusta más que otro, que ese nombre la identifica de forma distintiva. Aquel nombre que nunca fue real, pero que ella sin saber me regaló. Yo decidí llamarla Gianela, es el producto de su engaño, de mi mundo.
Mi hermano quedó en regalarle dos libros a cada una y aquel día tomaron con sus propias manos los textos. Estaban contentas por los regalos.
Yo decidí hacerles una dedicatoria en uno de sus libros para cada una, ellas consintieron. Para Yudy le escribí esto:
Para Yudy:
La niña que baila y ríe dulcemente
Deseo que leas, entiedas y apliques lo del libro honestamente
Esto es lo que el mor de Dios significa: que observemos sus mandamientos y sin embargo sus mandamientos no son pesados
Con cariño para Flor:
La chica que motivó mi ausencia de curiosidad
Por la frutillada
Y mientras yo la bebía también la escuchaba
Existe un amigo nacido para cuando hay angustia
Cuando Gianela llegó de la calle, no entró sola. Igualmente la saludé con un beso en la cara y un reprimido abrazo. Y luego prosiguió:
Te presento a yo me paré y saludé al joven que acababa de entrar con ella (obviamente no le dí un beso ni tampoco un abrazo, preferí dibujar una fingida sonrisa en mi rostro y estirar de forma fúnebre mi brazo).
Yo concluí que se trataba de su chico, aunque Gianela no mencionó nada. Pero Gianela hizo algo más. Decidió cambiar el fondo musical de huaynos por las cumbias. Me engaño pensando que aquel acto fue un regalo para mí. Ella sabe que me agradan las cumbias, y que esa música es un caudal de recuerdos entrañables. Esa es la mentira que atesoro.
Llegó la hora de marcharse y despedirse. Yudy permanece en su habitación, así que únicamente le doy un beso y le regalo un abrazo cortés y amplio a Gianela (aprovechando la ausencia de su chico en aquel cuarto). Le digo que ha sido un agrado, un gusto y alegría visitarlas, que este lugar es un sitio dorado.
Ella se despide:
Dile gracias a tu hermano y que Dios le bendiga.
Y mientras pronunciaba aquel dicho, una grácil pero modesta y agradecida sonrisa se desprenden de sus labios. Alza la mano en señal de despedida y da un giro mostrándome la espalda.
Ahí terminó todo. Ese fue mi encuentro cercano del primer día del mes de abril del dos mil diez. Encuentro que soñé, sueños que recordé, recuerdos que aquel día se hicieron realidad, realidad que no niego y más bien aprecio. Aprecio tanto estos momentos que quise internetizar (o hacer que algo llegue a la Internet, según yo) en un relato de aquella celestial experiencia.