“En tiempos de tribulación no conviene hacer mudanza”, dijo Íñigo de Loyola, cuando durante uno de sus frecuentes letargos, debidos a la copiosa ingesta de comida y bebida siguiendo las tradiciones de su tierra natal, la Vasconia del S. XVII, alguno de sus compañeros le propuso desmontar el destartalado habitáculo donde residía, en la Cueva de Montmartre, para trasladarse a alguno de los lujosos palacios que le ofrecía la nobleza local. Sin duda aquellos nobles, no como los de ahora, amuermados e incultos, vieron claramente que el futuro santo de la Iglesia Católica tenía enormes posibilidades para triunfar en aquel ámbito selecto desde el que ellos trataban de dominar al mundo, entonces con irregular fortuna. Y querían iniciar una maniobra de acercamiento al personaje que, sin duda, preveían ellos, les iba a reportar cuantiosos beneficios en los siglos venideros. Como así ha sido.
Jugaron fuerte, cambiando abalorios por oro puro, confiando que nadie se percatase del truco, quizás guiados por aquella otra máxima del soldado-poeta-místico: “Alcanza la excelencia y compártela.” La excelencia, evidentemente, la alcanzó Íñigo y ellos, muy astutos, quisieron compartirla. Creo que es esta una estrategia muy conocida, que quizás por su propia simplicidad ha permanecido vigente a través de los tiempos y las épocas, y ha dado lugar a no pocas controversias y, si me apuran, hasta ha sido germen de revoluciones y zarracinas como se vio en la guerra del opio, o durante la revuelta de los boxer, sin ir más lejos. Allí aquellos incultos salvajes chinos y manchúes se cepillaron a numerosos representantes de la civilización occidental, especialmente a aquellos subversivos sacerdotes, vestidos de negro, que querían imponer otra cultura tan oscurantista y ajena a sus tradiciones.
Se produjo, si me permiten la grosera comparación, una cierta eyección de cuerpos extraños, como la que produce nuestro organismo cuando uno se atiborra de panceta, carne asada o otras delicatessenes parecidas. Ellos, los pobres nativos, que sobrevivían a duras penas a base de arroz y ratas muertas (las vivas se los comían a ellos) tenían que soportar sermones sobre el ascetismo y las renuncias y privaciones de los bienes y placeres terrenales. Y con frases como esta :"La renuncia de la voluntad propia vale más que resucitar a los muertos". Que luego se la tuvieron que tragar doblada con el bueno de Mao. Renunciar a la voluntad propia y dejarla en manos del líder, pues de acuerdo; ahora, eso de resucitar a los muertos, con la de millones que ya eran... Pues pasó lo que tenía que pasar, que eso de la paciencia de los chinos es otro mito que nos han colado, los muy candongos.
Después vino aquello de las campañas del Domund, o Día Mundial de las Misiones, en el que los niños y niñas de los colegios católicos salíamos por las calles y plazas de nuestras pueblos con unas graciosas huchitas de cerámica, representando cabezas de chinitos, indiecitos o simples negritos, solicitando óbolos al personal “para la redención de Rusia y para los chinitos.” Y mira ahora; empezaron -los chinitos- con inocentes restaurantes “chinos” -naturalmente- y ahora tienen enormes tinglados de productos descaradamente chinos para hundir al comercio nacional. Cría cuervos...
Ilust.: Hucha-Cabeza de chinito (Domund años 60.) Y nos extrañamos ahora de su venganza...
Jugaron fuerte, cambiando abalorios por oro puro, confiando que nadie se percatase del truco, quizás guiados por aquella otra máxima del soldado-poeta-místico: “Alcanza la excelencia y compártela.” La excelencia, evidentemente, la alcanzó Íñigo y ellos, muy astutos, quisieron compartirla. Creo que es esta una estrategia muy conocida, que quizás por su propia simplicidad ha permanecido vigente a través de los tiempos y las épocas, y ha dado lugar a no pocas controversias y, si me apuran, hasta ha sido germen de revoluciones y zarracinas como se vio en la guerra del opio, o durante la revuelta de los boxer, sin ir más lejos. Allí aquellos incultos salvajes chinos y manchúes se cepillaron a numerosos representantes de la civilización occidental, especialmente a aquellos subversivos sacerdotes, vestidos de negro, que querían imponer otra cultura tan oscurantista y ajena a sus tradiciones.
Se produjo, si me permiten la grosera comparación, una cierta eyección de cuerpos extraños, como la que produce nuestro organismo cuando uno se atiborra de panceta, carne asada o otras delicatessenes parecidas. Ellos, los pobres nativos, que sobrevivían a duras penas a base de arroz y ratas muertas (las vivas se los comían a ellos) tenían que soportar sermones sobre el ascetismo y las renuncias y privaciones de los bienes y placeres terrenales. Y con frases como esta :"La renuncia de la voluntad propia vale más que resucitar a los muertos". Que luego se la tuvieron que tragar doblada con el bueno de Mao. Renunciar a la voluntad propia y dejarla en manos del líder, pues de acuerdo; ahora, eso de resucitar a los muertos, con la de millones que ya eran... Pues pasó lo que tenía que pasar, que eso de la paciencia de los chinos es otro mito que nos han colado, los muy candongos.
Después vino aquello de las campañas del Domund, o Día Mundial de las Misiones, en el que los niños y niñas de los colegios católicos salíamos por las calles y plazas de nuestras pueblos con unas graciosas huchitas de cerámica, representando cabezas de chinitos, indiecitos o simples negritos, solicitando óbolos al personal “para la redención de Rusia y para los chinitos.” Y mira ahora; empezaron -los chinitos- con inocentes restaurantes “chinos” -naturalmente- y ahora tienen enormes tinglados de productos descaradamente chinos para hundir al comercio nacional. Cría cuervos...
Ilust.: Hucha-Cabeza de chinito (Domund años 60.) Y nos extrañamos ahora de su venganza...
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