Birbiloke
Poeta adicto al portal
Ayer ligué, estaba bueno el choto, pero es que tengo un cuerpazo, metro veinte por lo menos.
Nos miramos y ya está, todo hecho, hola y adiós.
Arte efímero, polvo y nada. Polvo, polvo y más polvos, por todos lados.
Esta casa, es una madriguera de tierra y cueva.
Andaba bajando con mi trote albahiciño, con falda nueva recién planchada de lunares con luna llena, por la pedregosa calle que da al Darro. Poca agua, pero cuando llueve, déjala correr, que te lleva hasta el espigón de Motríl. Cuerpo insepulto bajo la arena del mar, una sirena.
Bueno, como iba diciendo, por su boca, aún le estoy viendo, resbalé y me estrellé a la altura de su delantera. Creo que eran dos metros o un palmo menos. Pero alto, alto, era. Me hice la torcida, me duele, me duele aquí abajo.
Me levantó como un botijo en sus brazos, rientes y calientes los dos. La sensación que tuve, flotaba asida a su cadera, recogida en su abrazo.
Tres cuadras más arriba, en el número catorce bis, la corrala desierta, tropezaban ecos y gemidos, aromatizando a la canela nuestra piel.
Otra vez los vecinos. Ya no chirría el somier, ni la cabecera de hierro forjado. Llaman a la pared... ¡Diga ! ¡Diga!... ¿ Quién llama ? . Estos niñatos, putos críos con el celular, móvil del crimen.
¿ Café y chupito ?
Ven pa ca, que te voy a curar.
Nos miramos y ya está, todo hecho, hola y adiós.
Arte efímero, polvo y nada. Polvo, polvo y más polvos, por todos lados.
Esta casa, es una madriguera de tierra y cueva.
Andaba bajando con mi trote albahiciño, con falda nueva recién planchada de lunares con luna llena, por la pedregosa calle que da al Darro. Poca agua, pero cuando llueve, déjala correr, que te lleva hasta el espigón de Motríl. Cuerpo insepulto bajo la arena del mar, una sirena.
Bueno, como iba diciendo, por su boca, aún le estoy viendo, resbalé y me estrellé a la altura de su delantera. Creo que eran dos metros o un palmo menos. Pero alto, alto, era. Me hice la torcida, me duele, me duele aquí abajo.
Me levantó como un botijo en sus brazos, rientes y calientes los dos. La sensación que tuve, flotaba asida a su cadera, recogida en su abrazo.
Tres cuadras más arriba, en el número catorce bis, la corrala desierta, tropezaban ecos y gemidos, aromatizando a la canela nuestra piel.
Otra vez los vecinos. Ya no chirría el somier, ni la cabecera de hierro forjado. Llaman a la pared... ¡Diga ! ¡Diga!... ¿ Quién llama ? . Estos niñatos, putos críos con el celular, móvil del crimen.
¿ Café y chupito ?
Ven pa ca, que te voy a curar.