Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
En la penumbra de un suspiro lejano,
mi alma descalza camina por la patria ausente,
entre palmas que susurran historias no contadas
y el cielo se tiñe de un azul, tan profundo,
como el dolor que lleva mi pecho errante.
Coquí llora por mí, en la noche estrellada,
tu canto se mezcla con las lágrimas de la luna,
cada nota un lamento, cada pausa una súplica,
por el hijo que partió y en su vuelo se perdió,
en tierras que no saben de jíbaros ni de amores.
Mis ojos, espejos de un Caribe lejano,
reflejan olas que no pueden tocarme,
mi piel guarda el calor de un sol que no siente,
y mis manos, extendidas, cortan el viento
buscando el abrazo de la isla que me vio nacer.
Oh, patria, en cada respiro se desgarran mis días,
la distancia es un puñal frío en el alma;
estoy muriendo aquí, lejos de tus costas,
sin poder escuchar el arrullo de tus mares,
ni sentir el consuelo de tu tierra bajo mis pies.
Pero aún en este exilio forzoso, tu esencia vive en mí,
como vive la caña verde y el aroma del café en la mañana,
y aunque mi cuerpo decline en tierras extrañas,
mi espíritu danzará en nuestras montañas sagradas
hasta que el último susurro de mi aliento
se una con el viento que acaricia nuestro lar.
Coquí, sigue llorando por mí, pues tu canto me recuerda
que cada lágrima mía se funde con la lluvia
que besa los campos donde una vez jugué;
y en esa fusión de agua y sal,
me consuelo,
porque aunque ausente, en el corazón nunca he dejado de ser tuyo.
En cada verso de amor, cada estrofa de dolor,
encuentro el abrazo de mi gente, el calor de mi tierra,
y en cada palabra que el viento se lleva,
queda la promesa de un regreso,
no con el cuerpo que perece,
sino con el alma que a ti eternamente pertenece.
mi alma descalza camina por la patria ausente,
entre palmas que susurran historias no contadas
y el cielo se tiñe de un azul, tan profundo,
como el dolor que lleva mi pecho errante.
Coquí llora por mí, en la noche estrellada,
tu canto se mezcla con las lágrimas de la luna,
cada nota un lamento, cada pausa una súplica,
por el hijo que partió y en su vuelo se perdió,
en tierras que no saben de jíbaros ni de amores.
Mis ojos, espejos de un Caribe lejano,
reflejan olas que no pueden tocarme,
mi piel guarda el calor de un sol que no siente,
y mis manos, extendidas, cortan el viento
buscando el abrazo de la isla que me vio nacer.
Oh, patria, en cada respiro se desgarran mis días,
la distancia es un puñal frío en el alma;
estoy muriendo aquí, lejos de tus costas,
sin poder escuchar el arrullo de tus mares,
ni sentir el consuelo de tu tierra bajo mis pies.
Pero aún en este exilio forzoso, tu esencia vive en mí,
como vive la caña verde y el aroma del café en la mañana,
y aunque mi cuerpo decline en tierras extrañas,
mi espíritu danzará en nuestras montañas sagradas
hasta que el último susurro de mi aliento
se una con el viento que acaricia nuestro lar.
Coquí, sigue llorando por mí, pues tu canto me recuerda
que cada lágrima mía se funde con la lluvia
que besa los campos donde una vez jugué;
y en esa fusión de agua y sal,
me consuelo,
porque aunque ausente, en el corazón nunca he dejado de ser tuyo.
En cada verso de amor, cada estrofa de dolor,
encuentro el abrazo de mi gente, el calor de mi tierra,
y en cada palabra que el viento se lleva,
queda la promesa de un regreso,
no con el cuerpo que perece,
sino con el alma que a ti eternamente pertenece.