blue spring
Poeta recién llegado
Después de haber tomado indefinibles cafés y tes verdes en compañía de nuevos amigos sentí un sabor acre en la boca y un vacío impensable en el pecho.
Las desventuras maritales, que habían desembocado en divorcio, de mis contendientes y las aventuras en busca de una relación ideal, descripta en libros de auto ayuda, con el género femenino habían culminado en la célebre frase: Cada uno es responsable de su propio placer
Atónita pregunté: ¿Cada uno en su casa o puede ser los dos juntos en el mismo cuarto?
Después de semejante aseveración comencé a preguntarme con qué objetivo se unen hombre y mujer después de los cincuenta porque esta brillante entelequia se sumaba a otros sones que reclamaban libertad e independencia para el género masculino.
Escuche aflorar de labios varoniles los reclamos por los que abogaban las mujeres, en la época de mis abuelas, que deseaban mantener actividades lúdicas o laborales fuera del hogar.
Algo incomprensible para mi había trastocado los roles y ahora eran ellos los que exigían tiempo libre para reunirse con los amigos o asistir a talleres de filosofía en lugar de la femenina práctica del yoga o que nos desempeñemos con total independencia para no sentirse asfixiados.
Después de los cincuenta ninguna mujer piensa en tener un hijo, ya no se nos otorgan créditos para la construcción o compra de vivienda y cualquier proyecto que una deseara compartir con el género masculino se encuentra supeditado al interminable deambular por los consultorios médicos acompañando a nuestro compañero o ancestros.
Una cena gourmet puede componerse de platos insípidos con el maridaje del agua desmineralizada para mantener bajo control la presión, el colesterol, la glucemia y el cáncer de colon.
Porque reconozcamos que un varón de cincuenta y tantos aspira a encontrar una mujer joven, con que la mayor de las veces, progenia una segunda tanda de descendientes y los señores que nos cortejan son los mayorcitos y padecen los cambios de humor propios de la andropausia.
Con el escepticismo al hombro se acercan a nuestros esperanzados corazones, que sueñan con flores perfumadas, palabras dulces o poemas, para proponernos compartir por un par de décadas la renta del alquiler de nuestro departamento y aunar jubilaciones en un esfuerzo por retrasar el ingreso a una institución para mayores o el itínerar por las casas de nuestros hijos.
Lamentablemente, ninguno nos propone compartir los desayunos en el aire fresco de la mañana, con una sonrisa en los labios y el agradecimiento en la mirada por estar juntos; esperar el nacimiento de los nietos para hamacarlos en las tardecitas de sol tibio en la plaza o contarles cuentos para que se duerman.
Como dijo el poeta: "No nos une el amor, sino el espanto"
Las desventuras maritales, que habían desembocado en divorcio, de mis contendientes y las aventuras en busca de una relación ideal, descripta en libros de auto ayuda, con el género femenino habían culminado en la célebre frase: Cada uno es responsable de su propio placer
Atónita pregunté: ¿Cada uno en su casa o puede ser los dos juntos en el mismo cuarto?
Después de semejante aseveración comencé a preguntarme con qué objetivo se unen hombre y mujer después de los cincuenta porque esta brillante entelequia se sumaba a otros sones que reclamaban libertad e independencia para el género masculino.
Escuche aflorar de labios varoniles los reclamos por los que abogaban las mujeres, en la época de mis abuelas, que deseaban mantener actividades lúdicas o laborales fuera del hogar.
Algo incomprensible para mi había trastocado los roles y ahora eran ellos los que exigían tiempo libre para reunirse con los amigos o asistir a talleres de filosofía en lugar de la femenina práctica del yoga o que nos desempeñemos con total independencia para no sentirse asfixiados.
Después de los cincuenta ninguna mujer piensa en tener un hijo, ya no se nos otorgan créditos para la construcción o compra de vivienda y cualquier proyecto que una deseara compartir con el género masculino se encuentra supeditado al interminable deambular por los consultorios médicos acompañando a nuestro compañero o ancestros.
Una cena gourmet puede componerse de platos insípidos con el maridaje del agua desmineralizada para mantener bajo control la presión, el colesterol, la glucemia y el cáncer de colon.
Porque reconozcamos que un varón de cincuenta y tantos aspira a encontrar una mujer joven, con que la mayor de las veces, progenia una segunda tanda de descendientes y los señores que nos cortejan son los mayorcitos y padecen los cambios de humor propios de la andropausia.
Con el escepticismo al hombro se acercan a nuestros esperanzados corazones, que sueñan con flores perfumadas, palabras dulces o poemas, para proponernos compartir por un par de décadas la renta del alquiler de nuestro departamento y aunar jubilaciones en un esfuerzo por retrasar el ingreso a una institución para mayores o el itínerar por las casas de nuestros hijos.
Lamentablemente, ninguno nos propone compartir los desayunos en el aire fresco de la mañana, con una sonrisa en los labios y el agradecimiento en la mirada por estar juntos; esperar el nacimiento de los nietos para hamacarlos en las tardecitas de sol tibio en la plaza o contarles cuentos para que se duerman.
Como dijo el poeta: "No nos une el amor, sino el espanto"
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