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Cómo desconstruir la prosa perfecta para construir el poema imperfecto

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Primero, hay que traicionar al lenguaje.
Sí, mirarlo a los ojos,
y decirle con ternura: no me sirves así, tan limpio, tan predecible.

La prosa perfecta se recita sola, se acomoda como sábana bien doblada sobre la cama de la sintaxis.
Pero el poema imperfecto…
ah, ese es un animal que se arrastra y se incendia a la vez,
es un reloj sin números que se alimenta de tu insomnio.

Para desconstruir la prosa hay que arrancarle sus márgenes,
dejarla sangrar por los costados de la lógica,
perderle el respeto a los puntos, a las pausas,
borrar la línea recta con una lágrima torcida.

Luego, uno debe cerrar los ojos y escribir con las costillas:
olvidar que existen las normas, los cánones, los editores muertos de miedo.
Soltar la gramática como se suelta a un amante infiel —
te dejo ir, porque ya no me haces temblar.

El poema imperfecto no pide permiso:
gime, muerde, se escapa.
Te deja palabras en la boca que no sabes pronunciar,
versos que no riman pero duelen igual.

Desconstruir es un acto de amor suicida:
te lanzas sin paracaídas al abismo del decir,
y cuando caes —si caes—
escribes desde las ruinas
la más honda de las verdades:

lo perfecto jamás será suficiente.
 
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