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Colores en el camino

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Contemplador nocturno de poemas
Cuando Tobías era un niño tenía una inquietud cromática, por así decirlo. Cuando alguien le decía que algo era rojo o azul, o de cualquier otro color, siempre temía, que ese rojo o azul, quizá no fuera como su rojo o azul, que quizá él y esa otra persona no veían el mismo color, ni con la misma intensidad.

Luego creció y descubrió a los daltónicos, y aunque eso le dio hasta cierto punto la razón, y algún descanso, la inquietud no desapareció. Cómo demostrar a los demás la intensidad, la belleza de los colores tal como él los veía. Cómo hacerles comprender que quizá los suyos no eran iguales, pues no parecían conmoverles igual.

Cuanto mas creció más bellos se hicieron sus colores. Amaneceres y atardeceres eternos como pintados con acuarelas. La luz en el descanso de un día de lluvia de primavera. El color del cabello de las chicas, de sus ojos, de sus pieles.

Incapaz de explicarlo a los demás, a los quince años Tobías decidió aprender a pintar, y lo hizo realmente bien. Pero aún le quedaba esa comezón, esa desazón ante los otros. Pintaba en la calle; frente a viejas casas, a veces desdibujadas por el tiempo, frente a iglesias majestuosas símbolo de humildad. Pintó en el campo, frente a frente con las catedrales de la vida y el universo. Y también pintó naturalezas muertas y chicas vivas.

Su única obsesión era el color, encontrar la manera de engañar a los sentidos para que todos vieran lo mismo que él. Para que al menos les conmoviera igual. Cuanto mayor se hacía más se empecinaba en su obsesión. Dejó a un lado su vida social, su vida sentimental, familiar. Hasta ese punto le enfadaba que los demás no vieran sus colores, no como él los veía, no como realmente eran.

Los años pasaron y comenzó a perder la vista, sin embargo no se entristeció por ello. Un día cerro los ojos y allí estaban sus colores; amarantos y aguamarinas, añiles y bermellones. Todos en un arcoiris imposible, en una paleta impensable. Todos los colores de Dios en la única realidad que había conocido, y la única que para él existía. Y con los ojos cerrados y una sonrisa en la cara, ya anciano y reconocido, exhaló su último aliento. Feliz. Sabiendo que había compartido la belleza del mundo, la belleza que descubrió a través de sus ojos, con todos los que le encontraron en el camino.
 
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Cuando Tobías era un niño tenía una inquietud cromática, por así llamarla. Cuando alguien le decía que algo era rojo o azul, o de cualquier otro color, siempre temía, que ese rojo o azul, quizá no fuera como su rojo o azul, que quizá él y esa otra persona no veían el mismo color, ni con la misma intensidad.

Luego creció y descubrió a los daltónicos, y aunque eso le dio hasta cierto punto la razón, y algún descanso, la inquietud no desapareció. Cómo demostrar a los demás la intensidad, la belleza de los colores tal como él los veía. Cómo hacerles comprender que quizá los suyos no eran iguales, pues no parecían conmoverles igual.

Cuanto mas creció más bellos se hicieron sus colores. Amaneceres y atardeceres eternos como pintados con acuarelas. La luz en el descanso de un día de lluvia de primavera. El color del cabello de las chicas, de sus ojos, de sus pieles.

Incapaz de explicarlo a los demás, a los quince años Tobías decidió aprender a pintar, y lo hizo realmente bien. Pero aún le quedaba esa comezón, esa desazón ante los otros. Pintaba en la calle; frente a viejas casas, a veces desdibujadas por el tiempo, frente a iglesias majestuosas símbolo de humildad. Pintó en el campo, frente a frente con las catedrales de la vida y el universo. Y también pintó naturalezas muertas y chicas vivas.

Su única obsesión era el color, encontrar la manera de engañar a los sentidos para que todos vieran lo mismo que él. Para que al menos les conmoviera igual. Cuanto mayor se hacía más se empecinaba en su obsesión. Dejó a un lado su vida social, su vida sentimental, familiar. Hasta ese punto le enfadaba que los demás no vieran sus colores, no como él los veía, no como realmente eran.

Los años pasaron y comenzó a perder la vista, sin embargo no se entristeció por ello. Un día cerro los ojos y allí estaban sus colores; amarantos y aguamarinas, añiles y bermellones. Todos en un arcoiris imposible, en una paleta impensable. Todos los colores de Dios en la única realidad que había conocido, y la única que para él existía. Y con los ojos cerrados y una sonrisa en la cara, ya anciano y reconocido, exhaló su último aliento. Feliz. Sabiendo que había compartido la belleza del mundo, la belleza que descubrió a través de sus ojos, con todos los que le encontraron en el camino.


Es conmovedor, y me alegra tanto poder leerte en una nueva obra...
Los colores internos, los propios colores, la necesidad de un alma que ansía comunicar que es diferente, y que mejor que el arte para llevar a cabo tan difícil tarea.
En el final se me escapó una lágrima, y eso es porque estoy frente a alguien que también pone el alma en sus palabras.
Hermoso, y cuando digo hermoso, no lo hago como quien escribe un adjetivo y ya, sino con ese convencimiento ante un trabajo que honra las letras.
Un abrazo con admiración.
 
Última edición por un moderador:
Es conmovedor, y me alegra tanto poder leerte en una nueva obra...
Los colores internos, los propios colores, la necesidad de un alma que ansía comunicar que es diferente, y que mejor que el arte para llevar a cabo tan difícil tarea.
En el final se me escapó una lágrima, y eso es porque estoy frente a alguien que también pone el alma en sus palabras.
Hermoso, y cuando digo hermoso, no lo hago como quien escribe un adjetivo y ya, sino con ese convencimiento ante un trabajo que honra las letras.
Un abrazo con admiración.
Muchas gracias, muchas. Es tan misterioso esto de escribir, o pintar, o componer música... es como un pacto con el universo en el que este te presta las palabras, los colores, o las notas. Sólo por un rato, sólo para que los honres. Los anglosajones lo llaman 'gift' regalo, y yo creo que es algo así. Me alegras siempre que me lees y me conmueven tus comentarios porque son los de alguien que ha cuidado mucho su interior y sabe llegar a el de los demás. Un abrazo. Feliz noche.
 
Cuando Tobías era un niño tenía una inquietud cromática, por así llamarla. Cuando alguien le decía que algo era rojo o azul, o de cualquier otro color, siempre temía, que ese rojo o azul, quizá no fuera como su rojo o azul, que quizá él y esa otra persona no veían el mismo color, ni con la misma intensidad.

Luego creció y descubrió a los daltónicos, y aunque eso le dio hasta cierto punto la razón, y algún descanso, la inquietud no desapareció. Cómo demostrar a los demás la intensidad, la belleza de los colores tal como él los veía. Cómo hacerles comprender que quizá los suyos no eran iguales, pues no parecían conmoverles igual.

Cuanto mas creció más bellos se hicieron sus colores. Amaneceres y atardeceres eternos como pintados con acuarelas. La luz en el descanso de un día de lluvia de primavera. El color del cabello de las chicas, de sus ojos, de sus pieles.

Incapaz de explicarlo a los demás, a los quince años Tobías decidió aprender a pintar, y lo hizo realmente bien. Pero aún le quedaba esa comezón, esa desazón ante los otros. Pintaba en la calle; frente a viejas casas, a veces desdibujadas por el tiempo, frente a iglesias majestuosas símbolo de humildad. Pintó en el campo, frente a frente con las catedrales de la vida y el universo. Y también pintó naturalezas muertas y chicas vivas.

Su única obsesión era el color, encontrar la manera de engañar a los sentidos para que todos vieran lo mismo que él. Para que al menos les conmoviera igual. Cuanto mayor se hacía más se empecinaba en su obsesión. Dejó a un lado su vida social, su vida sentimental, familiar. Hasta ese punto le enfadaba que los demás no vieran sus colores, no como él los veía, no como realmente eran.

Los años pasaron y comenzó a perder la vista, sin embargo no se entristeció por ello. Un día cerro los ojos y allí estaban sus colores; amarantos y aguamarinas, añiles y bermellones. Todos en un arcoiris imposible, en una paleta impensable. Todos los colores de Dios en la única realidad que había conocido, y la única que para él existía. Y con los ojos cerrados y una sonrisa en la cara, ya anciano y reconocido, exhaló su último aliento. Feliz. Sabiendo que había compartido la belleza del mundo, la belleza que descubrió a través de sus ojos, con todos los que le encontraron en el camino.


Un relato muy, pero que muy atrayente. Las palabras son capaces de describir las emociones e incluso los colores a este punto cuando están bien expresadas. Atrapa y se lee rápido y deja un sabor de boca muy agradable. Felicidades!!

Un abrazo

Palmira
 
Un relato muy, pero que muy atrayente. Las palabras son capaces de describir las emociones e incluso los colores a este punto cuando están bien expresadas. Atrapa y se lee rápido y deja un sabor de boca muy agradable. Felicidades!!

Un abrazo

Palmira
Muchas gracias Palmira, hay historias que uno escribe para alejarse de lo que le rodea, de lo que es uno mismo en otras te acercas a tu visión del mundo, a tus emociones. En este caso está más cerca de lo segundo. Muy agradecido con tu visita.

Un abrazo
 
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