Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El reloj no se detiene,
gira en círculos sin orillas,
como un oleaje de números que no desemboca,
sin destino, sin propósito, solo la danza infinita
de un tiempo que se mide en ecos
y no en instantes.
La palabra se desmorona,
sus letras se desvanecen como partículas de aire,
como sombras que caminan hacia ningún lugar.
El verbo muere y renace
en el pliegue insomne de una página vacía.
Un laberinto de significados,
un caleidoscopio que no revela formas,
solo fragmentos de un reflejo que nunca existió.
¿Quién habla, quién escucha,
quién trama este desorden lógico
donde el orden es un espejismo
y la coherencia una traición?
El pensamiento no busca respuestas,
es una telaraña sin centro,
una geometría de incertidumbres
donde la idea se teje y se desteje,
ajena al ojo que pretende atraparla.
Y en el espacio entre la pausa y el silencio,
se encuentra el todo,
que no es nada,
pero es suficiente.
gira en círculos sin orillas,
como un oleaje de números que no desemboca,
sin destino, sin propósito, solo la danza infinita
de un tiempo que se mide en ecos
y no en instantes.
La palabra se desmorona,
sus letras se desvanecen como partículas de aire,
como sombras que caminan hacia ningún lugar.
El verbo muere y renace
en el pliegue insomne de una página vacía.
Un laberinto de significados,
un caleidoscopio que no revela formas,
solo fragmentos de un reflejo que nunca existió.
¿Quién habla, quién escucha,
quién trama este desorden lógico
donde el orden es un espejismo
y la coherencia una traición?
El pensamiento no busca respuestas,
es una telaraña sin centro,
una geometría de incertidumbres
donde la idea se teje y se desteje,
ajena al ojo que pretende atraparla.
Y en el espacio entre la pausa y el silencio,
se encuentra el todo,
que no es nada,
pero es suficiente.