Te amé a ciegas, caminando sobre brasas que creía suaves,
sin percibir que cada paso era un incendio silencioso.
Tus risas eran espejos rotos donde naufragaban mis sueños,
tus ojos, pozos de agua oscura donde se ahogaba mi esperanza;
tus “te amo” eran pétalos marchitos,
y cada caricia, un jardín de espinas que sangraba mi corazón.
Veía un mundo teñido de rosa,
sin notar la sombra que devoraba cada promesa,
sin sentir la daga que sostenías sobre mi pecho,
ni el cuchillo invisible que temblaba en tu otra mano.
Arranqué la venda y la luz me reveló tu traición:
me levantabas solo para lanzarme al abismo,
susurrando al borde de la caída:
“Nunca te amé”.
Quedé hecha ceniza, dispersa en el viento de tus mentiras,
con el corazón surcado de grietas
y la esperanza convertida en cristales rotos,
brillantes y dolorosos bajo la luz cruel de la verdad.
-Dior
sin percibir que cada paso era un incendio silencioso.
Tus risas eran espejos rotos donde naufragaban mis sueños,
tus ojos, pozos de agua oscura donde se ahogaba mi esperanza;
tus “te amo” eran pétalos marchitos,
y cada caricia, un jardín de espinas que sangraba mi corazón.
Veía un mundo teñido de rosa,
sin notar la sombra que devoraba cada promesa,
sin sentir la daga que sostenías sobre mi pecho,
ni el cuchillo invisible que temblaba en tu otra mano.
Arranqué la venda y la luz me reveló tu traición:
me levantabas solo para lanzarme al abismo,
susurrando al borde de la caída:
“Nunca te amé”.
Quedé hecha ceniza, dispersa en el viento de tus mentiras,
con el corazón surcado de grietas
y la esperanza convertida en cristales rotos,
brillantes y dolorosos bajo la luz cruel de la verdad.
-Dior