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Se respira en el aire circunstante,
mejor sabe vestida de recato,
aunque de todas formas siempre es grato
cuando susurra y mueve mi volante
en esquinas gozosas de jolgorio,
en lobbies aburridos y despachos,
en abuelos que llevan dos pistachos,
en la banca de afuera del velorio,
en la carta después de la odisea,
en pueblos en sus fiestas patronales,
en el pan que lo trae una galea,
en todos los placeres más banales.
Bendita tradición del que jalea
a su amigo para olvidar vivales
y arrebatarlas de una vez de su alma,
y brindar hoy por la desesperanza
que se esconde al costado de la panza.
¡Alcen las velas, corazón en calma!,
no se ve todavía el acantilado,
qué impotencia remar sobre la arena
cuando ves a lo lejos la sirena
que te invoca con gritos a su lado.
Se esconde en bocas tétricas, calladas,
brotan en cuerpos que parecen yertos,
o en lunas de románticas veladas.
que engendren diez barrotes diez puertos,
que rebose su encanto en las quijadas,
que resucite consternados muertos.
no se ve todavía el acantilado,
que engendren diez barrotes diez puertos,