jorgeaa
Poeta recién llegado
Hoy había sido un día de contemplación más urbana. Usualmente hago este tipo de reflexiones en lugares más remotos o quizá más turísticos. Me encontraba en el área de negocios de la ciudad justo después del trabajo y el vacío que deja la culminación de una jornada laboral sin afán y sin sentido se instalaba en la pesadez de mis movimientos y mi cabeza. El tráfico del martes a las 5 me hacía imposible mi regreso a casa así que decidí comprar unas cervezas y hacer lo único que nunca he hecho mal: beber.
La amargura de la cerveza se hacía una con la mi alma al absorber cada trago copioso y prolongado.
Estaba sentado en las gradas frente al centro comercial Los Próceres, muy concurrido como de costumbre.
Las luces de los autos que se asomaban por la 16 calle, adivinaban una ligera embriaguez de un tipo inadaptado, solo, con un aire melancólico. Un tipo que adoraba estar al margen de todos lo círculos sociales inclusive el familiar. Un sujeto que apestaba a vicios, a duda, a irreverencia, a rebeldía, a nostalgia. Un tipo con mucho pasado, quizá demasiado y un tipo con mucho futuro (también demasiado) pero con un presente inexistente, inexorable, inexplicable.
Si, ese tipo era yo, quien observaba como una película, aquella sociedad ajena de la cual un día había sido una parte ferviente y esplendorosa.
Y como Alejandra había dicho; "no somos perfectos y culparse no sirve de nada.
En efecto, culparse no sirve de nada ni tampoco estar alcoholizado a las 5:48 una tarde de martes pero todo es una cuestión de perspectiva. Siguiendo esta lógica, mi padre hubiera dicho que sí, todos somos perfectos y que podemos hacer cualquier cosa que nos propongamos, supongo que por eso el continúa de soñador a los 64 y yo soy un abogado frustrado a los 27.
A mi lado, dos sujetos hablaban de una chica "sabrosísima" que acababa de pasar. Había visto unas 14 o 15 que también cabían dentro de este término. Esa es otra de las cosas que heredé del viejo, el único placer que extrañaba de la realidad: las mujeres.
La amargura de la cerveza se hacía una con la mi alma al absorber cada trago copioso y prolongado.
Estaba sentado en las gradas frente al centro comercial Los Próceres, muy concurrido como de costumbre.
Las luces de los autos que se asomaban por la 16 calle, adivinaban una ligera embriaguez de un tipo inadaptado, solo, con un aire melancólico. Un tipo que adoraba estar al margen de todos lo círculos sociales inclusive el familiar. Un sujeto que apestaba a vicios, a duda, a irreverencia, a rebeldía, a nostalgia. Un tipo con mucho pasado, quizá demasiado y un tipo con mucho futuro (también demasiado) pero con un presente inexistente, inexorable, inexplicable.
Si, ese tipo era yo, quien observaba como una película, aquella sociedad ajena de la cual un día había sido una parte ferviente y esplendorosa.
Y como Alejandra había dicho; "no somos perfectos y culparse no sirve de nada.
En efecto, culparse no sirve de nada ni tampoco estar alcoholizado a las 5:48 una tarde de martes pero todo es una cuestión de perspectiva. Siguiendo esta lógica, mi padre hubiera dicho que sí, todos somos perfectos y que podemos hacer cualquier cosa que nos propongamos, supongo que por eso el continúa de soñador a los 64 y yo soy un abogado frustrado a los 27.
A mi lado, dos sujetos hablaban de una chica "sabrosísima" que acababa de pasar. Había visto unas 14 o 15 que también cabían dentro de este término. Esa es otra de las cosas que heredé del viejo, el único placer que extrañaba de la realidad: las mujeres.