XAnnX
Poeta adicto al portal
Pasando por Sabana Grande veo una pareja pasar a mi lado. Un hombre de ojos claros, nariz perfilada, un cuerpo musculoso pero no en exceso; camina agarrado de una mujer con un cuerpo de noventa, sesenta, noventa, una cara fina, cabello rubio y ojos claros. Parecen dos muñecos plásticos, al parecer iban discutiendo de carros, o por lo menos eso fue lo poco que escuche cuando pasaron.
Veo tantas parejas al pasar por este boulevard que me siento sola. No se si será porque realmente estoy caminando sola por allí y no veo a nadie sin acompañante o simplemente sea esa necesidad humana de tener a alguien a mi lado, ese alguien que sé que me quiere y está pendiente de mi en todo momento. Pero sigo caminando hacia el metro, no tengo ganas de pensar en esa necesidad que siempre me da vueltas en la cabeza.
Me monto en las escaleras mecánicas y justo al frente tengo a una pareja, no dejan de besarse. Recuerdo lo bien que se siente poder besar a esa persona que tanto quieres en cualquier momento. Llego abajo y paso el ticket por la máquina, me dirijo a Chacao, me encontraré con mis amigos en el centro comercial San Ignacio. A penas llego a esperar el vagón y ya siento el calor típico del metro. Hay mucha gente esperando, creo que debe haber retraso. A mi lado veo a un muchacho de ojos castaño oscuro, piel morena, cabello negro que me mira fijamente. Pienso que algo le llama la atención a mi otro lado, pero estoy sola, pegada a la pared. Lo veo y me mira fijamente a los ojos, yo les desvío la mirada, me intimida. Nos montamos a empujones en el vagón y el aire acondicionado no fusiona, siento que me asfixio. El chamo, que está más cerca ahora, me sigue intimidando con su mirada fija. Las personas salen en Chacaíto como si el metro fuera a explotar o algo así y en esa oleada de personas me jalan hacia afuera, aunque no llegan a sacarme. Sin darme cuenta, el chico que antes me intimidaba con esa mirada penetrante, me agarró en ese momento la mano y no dejo que la marejada de personas me arrastrara para afuera. Sólo le dije Gracias, no sabía qué más decir. Él me dice De nada con una voz que cautiva al escucharla y las puertas se cierran de nuevo.
Sigo sintiendo el asfixiante calor en el vagón y la mirada penetrante del chico, que a pesar de que el vagón está menos lleno, sigue a mi lado. Hay un silencio que me da escalofríos en el vagón, sólo se escucha el pasar del metro sobre los rieles. Al llegar a Chacao me bajo, el chico me dice Adiós, yo sólo me despedí dándole una agitada a mi mano y seguí mi camino. No dejó de retumbarme esa voz, que en ese momento me estremeció como si conociera a ese chico de toda la vida.
Salí del metro y sentí un gran alivio, era como si al entrar hubiera muerto y al salir volví a la vida. No deje de pensar en el muchacho del metro, en esta ciudad tan grande posiblemente no lo vea de nuevo. Subiendo hacia el San Ignacio veo otra pareja bajando, una mujer de baja estatura, piel clara, ojos cafés y una risa estruendosa; a su lado un hombre de piel morena, cabello desteñido y una hermosa sonrisa. Me recordó al chico del metro.
Cuando llegué al centro comercial vi a Carlos, uno de mis mejores amigos. Lo salude y me dijo: los demás están en la placita y te esperan desde hace rato. Cuando llegue allí los salude a todos, estaban sentados esperando simplemente que el tiempo pase. Me di cuenta de que Francisco, otro amigo de toda la vida, no había llegado aún. Luego de una hora de estar allí conversando llega él, a su lado camina otro muchacho, pero no distingo bien las facciones, no sé quién es. Como mi vista no es buena de lejos no pude distinguir bien, sólo las siluetas veía caminar hacia donde estábamos nosotros. Al estar más cerca, para mi sorpresa, el amigo que venía con Fran caminando era el chico del metro, de la voz encantadora y una simpatía sin igual. En ese momento no supe que hacer, el muchacho al verme sonríe. Tiene una sonrisa que enamora. Fran me lo presenta, se llamaba Jhon. Lo que menos me imaginé es que en la inmensidad de Caracas iba a conseguir a alguien, que sin conocerme no me quitaba la mirada de encima, que estuve pocos minutos con él en el metro, que se bajo en otra estación y con el cual termine hablando de la vida durante lo que quedaba del día.
Veo tantas parejas al pasar por este boulevard que me siento sola. No se si será porque realmente estoy caminando sola por allí y no veo a nadie sin acompañante o simplemente sea esa necesidad humana de tener a alguien a mi lado, ese alguien que sé que me quiere y está pendiente de mi en todo momento. Pero sigo caminando hacia el metro, no tengo ganas de pensar en esa necesidad que siempre me da vueltas en la cabeza.
Me monto en las escaleras mecánicas y justo al frente tengo a una pareja, no dejan de besarse. Recuerdo lo bien que se siente poder besar a esa persona que tanto quieres en cualquier momento. Llego abajo y paso el ticket por la máquina, me dirijo a Chacao, me encontraré con mis amigos en el centro comercial San Ignacio. A penas llego a esperar el vagón y ya siento el calor típico del metro. Hay mucha gente esperando, creo que debe haber retraso. A mi lado veo a un muchacho de ojos castaño oscuro, piel morena, cabello negro que me mira fijamente. Pienso que algo le llama la atención a mi otro lado, pero estoy sola, pegada a la pared. Lo veo y me mira fijamente a los ojos, yo les desvío la mirada, me intimida. Nos montamos a empujones en el vagón y el aire acondicionado no fusiona, siento que me asfixio. El chamo, que está más cerca ahora, me sigue intimidando con su mirada fija. Las personas salen en Chacaíto como si el metro fuera a explotar o algo así y en esa oleada de personas me jalan hacia afuera, aunque no llegan a sacarme. Sin darme cuenta, el chico que antes me intimidaba con esa mirada penetrante, me agarró en ese momento la mano y no dejo que la marejada de personas me arrastrara para afuera. Sólo le dije Gracias, no sabía qué más decir. Él me dice De nada con una voz que cautiva al escucharla y las puertas se cierran de nuevo.
Sigo sintiendo el asfixiante calor en el vagón y la mirada penetrante del chico, que a pesar de que el vagón está menos lleno, sigue a mi lado. Hay un silencio que me da escalofríos en el vagón, sólo se escucha el pasar del metro sobre los rieles. Al llegar a Chacao me bajo, el chico me dice Adiós, yo sólo me despedí dándole una agitada a mi mano y seguí mi camino. No dejó de retumbarme esa voz, que en ese momento me estremeció como si conociera a ese chico de toda la vida.
Salí del metro y sentí un gran alivio, era como si al entrar hubiera muerto y al salir volví a la vida. No deje de pensar en el muchacho del metro, en esta ciudad tan grande posiblemente no lo vea de nuevo. Subiendo hacia el San Ignacio veo otra pareja bajando, una mujer de baja estatura, piel clara, ojos cafés y una risa estruendosa; a su lado un hombre de piel morena, cabello desteñido y una hermosa sonrisa. Me recordó al chico del metro.
Cuando llegué al centro comercial vi a Carlos, uno de mis mejores amigos. Lo salude y me dijo: los demás están en la placita y te esperan desde hace rato. Cuando llegue allí los salude a todos, estaban sentados esperando simplemente que el tiempo pase. Me di cuenta de que Francisco, otro amigo de toda la vida, no había llegado aún. Luego de una hora de estar allí conversando llega él, a su lado camina otro muchacho, pero no distingo bien las facciones, no sé quién es. Como mi vista no es buena de lejos no pude distinguir bien, sólo las siluetas veía caminar hacia donde estábamos nosotros. Al estar más cerca, para mi sorpresa, el amigo que venía con Fran caminando era el chico del metro, de la voz encantadora y una simpatía sin igual. En ese momento no supe que hacer, el muchacho al verme sonríe. Tiene una sonrisa que enamora. Fran me lo presenta, se llamaba Jhon. Lo que menos me imaginé es que en la inmensidad de Caracas iba a conseguir a alguien, que sin conocerme no me quitaba la mirada de encima, que estuve pocos minutos con él en el metro, que se bajo en otra estación y con el cual termine hablando de la vida durante lo que quedaba del día.
