Jcmch
Poeta veterano en el portal.
[center:f0f51fee7d]Casi siempre, cuando estamos vivos,
nos olvidamos de que solo existimos;
jamás pensamos que todo irá a acabar,
en las orillas de la urna, en la lágrima
salada de una dama o en las hipotéticas
palabras de un hombre con sotana.
Dieciocho años son pocos, digo,
como para crear placeres, o como para asentar
las horas de la creación en los testamentos;
digo, solo digo: ¡Qué terrible impotencia!
Qué triste cuando veo ahora lo que pudo haber sido.
¡Qué enormes espacios quedaron vacíos!
Miro mi alma ahora y digo:
Mi infierno es esto, ver lo que pudo haber sido.
Entre un instante recordado entre las llamas
y una escena pensada en el intenso frío,
hay un dolor profundo que se agiganta
y que aún no cesa, a pesar de la muerte.
El dia es trágico y la noche es eterna,
aquí solo se concibe el sueño en los recuerdos,
las horas existen en la memoria, y los versos
se escudan tras la sangre de los rostros.
Las etéreas líneas de mi rostro ya no existen,
el color oscuro de mi cabello amainó,
el brillo de mis ojos oscureció,
mi piel débil y cenicienta luce translúcida,
y mi comida y bebida son mis lágrimas.
He perdido mi mente en mi inmortalidad,
y mis años pocos en buscar felicidad.
Mucho pienso y pensaba entonces también,
en como podía yo alcanzar el cielo.
El cielo es una historia que se cuenta
al pasar el alba, y no conoce realidad al
aparecer la medianoche.
Busco ahora en mi mirada el resonante paraíso y...
¡Qué bello es pensar e imaginar su existencia!
Porque aunque mis huellas se desgranen
en las cenizas, mi memoria y mis recuerdos
se ciernen allá arriba, lejos, en la etérea superficie
que una vez escarbé en busca de tesoros,
que una vez pisé corriendo bajo la lluvia,
que muchas veces acaricie con mis manos al alba.
Triste es verme entre la miseria,
cuando tanta belleza, placer y riqueza viví allá.
Hermosa imagen, divinidad suprema y llana.
Esplendor bizarro, nuboso y extraño placer;
mi pecho cubierto de césped y tierra,
y mi clavícula ahogada por la sombra pálida
de una cruz que nace sobre mi cabeza.
Muchas manos logro observar a través
de la urna de pino fresco, manos que colocan
su energía en mi recuerdo, así lo siento.
Y cuando logro alzar mi cuello, puedo ver,
la calcárea masa marfil que antes era mi cuerpo,
pensando firmemente en gritar, gritar algo como:
¡Dejad de llorar, impávida humanidad!
¡Dejad de llorarle a un caldo de gusanos y putrefacción,
y pensad mas bien en hacer algo digno
de vuestras cortas y delicadas existencias!
Dejad de cavilar y pensar si existe,
una vida después de la muerte, mas bien preparaos,
y atentos todos, porque no sabéis,
y si no sabéis, entonces debéis esperarlo todo.
Ahora, luna...!Déjame cantar!...
Déjame danzar entre los rosales de la muerte.....
entre los ángeles de marmol...
déjame sentir que las horas de mi vida renacen en la lápida...
dame un soplo de aire para sentir el suspiro de la eternidad.
Esta noche no oiré llantos, no rozaré quejidos, no oleré el dolor;
esta noche no habrá damas negras, ni rosas tristes...esta noche
será de sangre, de fuego infernal, de castigo...será la noche del infierno.
Ya no tengo por qué llorar ni lamentarme...solo dejarme consumir,
y que la sangre pura que recorrió mis venas se derrame en la penumbra.
Mis tesoros están perdidos...mis placeres olvidados...mi mente
enjaulada, y mis sueños...marchitos...la vida se fue y jamas volverá.
Celebraré entonces mi muerte con cantos de ánima,
cantos que consuelen la ausencia de mi ser...cantos que revivan
los senderos de mi alma...cantos que cobijen el frio abismal.
Ahora camino...camino a través de las lápidas, de las cruces serenas,
de los panteones dormidos; y veo los pesares de la muerte,
los sueños rotos, la paz corrompida, el dolor del cruel final.
Este es el final, ya no habrá otro camino.
La vida que tuvimos se escapó hacia los horizontes de la infinidad.
El universo revolotea para mi, por sobre los cien muertos,
como un torbellino negro de nubes y estrellas satánicas.
El cielo es tan negro y frío como el infierno...y si los dioses
que los hombres adoran existiesen...tambien llorarían de soledad.
Antes de morir, era yo un viviente adolescente,
lleno de preguntas y deseos, pero sobre todo,
sumido en la nostalgia de crearme en otra historia,
para beberme nuevamente y entender mi nacimiento.
Gocé de gran sensibilidad y entendimiento, era un
inquebrantanble eslabón; fuerte y torvo como caballo salvaje,
hábil y apasionado como el hierro a fuego vivo.
En mi morada los pensamientos eran la oración desenfrenada,
capaces de darme paz y a veces de quitármela,
en una opresión ahogante que no tiene nombre para mí,
sino que callaba y lentamente abria sus dedos.
Si embargo todo me cedía, todo me era fácil de manejar;
podía esconderlo en los suburbios y dejarlo allí sin que nadie
lo descubriera. Era un hábil zorro, lleno de inteligencia maliciosa
e inteligencia práctica, por ella supe cómo guardar mis secretos.
Pero...ahhh...fortuna. Eres una rueda impávida que mueve a los
hombre a su antojo; una musa vil y caprichosa que nos tiras de bruces,
o nos exaltas a la mas excelsa virtud cuando te apetece.
La vida y los pesares son de tu propiedad.
Pero sobre mi muerte tu poción desaparece.
Solo al poco tiempo de cumplir dieciséis años la tierra
se me hizo más curva y más empinado el destino,
y mucho pensaba en Satanás y su infierno a la sombra
del Dios enterno y su paraíso. Cada uno tenía su misterio,
algo oculto, de cada uno se decían cosas inciertas, siempre fue así.
Y ahora cuando veo todo tan claramente y recuerdo todo
lo que yo pensaba y los hombres piensan, solo puedo reírme
y burlarme de la ingenuidad, necedad y vileza de los vivos.
Solo puedo ahora, mientras se me da la oportunidad de escribir
ciertas cosas, organizar todos mis recuerdos de vida, que,
cada uno de mis momentos infernales imploran conocer.
Mi deber es darme a mí mismo la oportunidad de saber
perdonar mis errores, y pagar mi cuota con resignación,
más que con estoicidad, con limpia tranquilidad y clara justicia.
Los errores de la vida son inconfesables,
mas el perdón de ellos es irreprochable.[/center:f0f51fee7d]
nos olvidamos de que solo existimos;
jamás pensamos que todo irá a acabar,
en las orillas de la urna, en la lágrima
salada de una dama o en las hipotéticas
palabras de un hombre con sotana.
Dieciocho años son pocos, digo,
como para crear placeres, o como para asentar
las horas de la creación en los testamentos;
digo, solo digo: ¡Qué terrible impotencia!
Qué triste cuando veo ahora lo que pudo haber sido.
¡Qué enormes espacios quedaron vacíos!
Miro mi alma ahora y digo:
Mi infierno es esto, ver lo que pudo haber sido.
Entre un instante recordado entre las llamas
y una escena pensada en el intenso frío,
hay un dolor profundo que se agiganta
y que aún no cesa, a pesar de la muerte.
El dia es trágico y la noche es eterna,
aquí solo se concibe el sueño en los recuerdos,
las horas existen en la memoria, y los versos
se escudan tras la sangre de los rostros.
Las etéreas líneas de mi rostro ya no existen,
el color oscuro de mi cabello amainó,
el brillo de mis ojos oscureció,
mi piel débil y cenicienta luce translúcida,
y mi comida y bebida son mis lágrimas.
He perdido mi mente en mi inmortalidad,
y mis años pocos en buscar felicidad.
Mucho pienso y pensaba entonces también,
en como podía yo alcanzar el cielo.
El cielo es una historia que se cuenta
al pasar el alba, y no conoce realidad al
aparecer la medianoche.
Busco ahora en mi mirada el resonante paraíso y...
¡Qué bello es pensar e imaginar su existencia!
Porque aunque mis huellas se desgranen
en las cenizas, mi memoria y mis recuerdos
se ciernen allá arriba, lejos, en la etérea superficie
que una vez escarbé en busca de tesoros,
que una vez pisé corriendo bajo la lluvia,
que muchas veces acaricie con mis manos al alba.
Triste es verme entre la miseria,
cuando tanta belleza, placer y riqueza viví allá.
Hermosa imagen, divinidad suprema y llana.
Esplendor bizarro, nuboso y extraño placer;
mi pecho cubierto de césped y tierra,
y mi clavícula ahogada por la sombra pálida
de una cruz que nace sobre mi cabeza.
Muchas manos logro observar a través
de la urna de pino fresco, manos que colocan
su energía en mi recuerdo, así lo siento.
Y cuando logro alzar mi cuello, puedo ver,
la calcárea masa marfil que antes era mi cuerpo,
pensando firmemente en gritar, gritar algo como:
¡Dejad de llorar, impávida humanidad!
¡Dejad de llorarle a un caldo de gusanos y putrefacción,
y pensad mas bien en hacer algo digno
de vuestras cortas y delicadas existencias!
Dejad de cavilar y pensar si existe,
una vida después de la muerte, mas bien preparaos,
y atentos todos, porque no sabéis,
y si no sabéis, entonces debéis esperarlo todo.
Ahora, luna...!Déjame cantar!...
Déjame danzar entre los rosales de la muerte.....
entre los ángeles de marmol...
déjame sentir que las horas de mi vida renacen en la lápida...
dame un soplo de aire para sentir el suspiro de la eternidad.
Esta noche no oiré llantos, no rozaré quejidos, no oleré el dolor;
esta noche no habrá damas negras, ni rosas tristes...esta noche
será de sangre, de fuego infernal, de castigo...será la noche del infierno.
Ya no tengo por qué llorar ni lamentarme...solo dejarme consumir,
y que la sangre pura que recorrió mis venas se derrame en la penumbra.
Mis tesoros están perdidos...mis placeres olvidados...mi mente
enjaulada, y mis sueños...marchitos...la vida se fue y jamas volverá.
Celebraré entonces mi muerte con cantos de ánima,
cantos que consuelen la ausencia de mi ser...cantos que revivan
los senderos de mi alma...cantos que cobijen el frio abismal.
Ahora camino...camino a través de las lápidas, de las cruces serenas,
de los panteones dormidos; y veo los pesares de la muerte,
los sueños rotos, la paz corrompida, el dolor del cruel final.
Este es el final, ya no habrá otro camino.
La vida que tuvimos se escapó hacia los horizontes de la infinidad.
El universo revolotea para mi, por sobre los cien muertos,
como un torbellino negro de nubes y estrellas satánicas.
El cielo es tan negro y frío como el infierno...y si los dioses
que los hombres adoran existiesen...tambien llorarían de soledad.
Antes de morir, era yo un viviente adolescente,
lleno de preguntas y deseos, pero sobre todo,
sumido en la nostalgia de crearme en otra historia,
para beberme nuevamente y entender mi nacimiento.
Gocé de gran sensibilidad y entendimiento, era un
inquebrantanble eslabón; fuerte y torvo como caballo salvaje,
hábil y apasionado como el hierro a fuego vivo.
En mi morada los pensamientos eran la oración desenfrenada,
capaces de darme paz y a veces de quitármela,
en una opresión ahogante que no tiene nombre para mí,
sino que callaba y lentamente abria sus dedos.
Si embargo todo me cedía, todo me era fácil de manejar;
podía esconderlo en los suburbios y dejarlo allí sin que nadie
lo descubriera. Era un hábil zorro, lleno de inteligencia maliciosa
e inteligencia práctica, por ella supe cómo guardar mis secretos.
Pero...ahhh...fortuna. Eres una rueda impávida que mueve a los
hombre a su antojo; una musa vil y caprichosa que nos tiras de bruces,
o nos exaltas a la mas excelsa virtud cuando te apetece.
La vida y los pesares son de tu propiedad.
Pero sobre mi muerte tu poción desaparece.
Solo al poco tiempo de cumplir dieciséis años la tierra
se me hizo más curva y más empinado el destino,
y mucho pensaba en Satanás y su infierno a la sombra
del Dios enterno y su paraíso. Cada uno tenía su misterio,
algo oculto, de cada uno se decían cosas inciertas, siempre fue así.
Y ahora cuando veo todo tan claramente y recuerdo todo
lo que yo pensaba y los hombres piensan, solo puedo reírme
y burlarme de la ingenuidad, necedad y vileza de los vivos.
Solo puedo ahora, mientras se me da la oportunidad de escribir
ciertas cosas, organizar todos mis recuerdos de vida, que,
cada uno de mis momentos infernales imploran conocer.
Mi deber es darme a mí mismo la oportunidad de saber
perdonar mis errores, y pagar mi cuota con resignación,
más que con estoicidad, con limpia tranquilidad y clara justicia.
Los errores de la vida son inconfesables,
mas el perdón de ellos es irreprochable.[/center:f0f51fee7d]