danie
solo un pensamiento...
Canciones funestas
en las que velan todas mis muertes.
Canciones funestas
con sus vestidos de liras blancas,
con sus zapatos de cristal
danzando por las laderas de mi cerebro.
Canciones funestas
que seducen a los ojos del tiempo
detenido en sus arenas
de glorias imperecederas.
Canciones traídas por el viento
a las orillas de las crucificadas olas
de una pleamar con anémonas
ahogadas en sus sentimientos.
Canciones de las cumbres cegadas
por los celajes de un apócrifo cielo.
Canciones funestas
que transitan los versos de trovadores y poetas
recluidos en mi mano
y sueltos sobre las ascuas de un texto.
Es que solo respiro canciones tristes y funestas.
Canciones que relatan el cuerpo de un vacío
y las letras mudas de un silencio.
Canciones enroscadas a la lengua
con acordes envueltos en ataúdes
y sus sueños que se quiere escapar del féretro,
pero temen a la luz refulgente
de un alba dormida en mi pecho.
Canciones deshabitadas
y prófugas de mi inocencia
que muchas veces copulan con el suicidio
y se ensalzan en pactos sin credos,
repletos de demencia.
Tú, pájaro cantor
de mi sangre desecha,
expeles un alarido de piedra
que hechiza a los espectros
de carne y hueso
(fantasmas del ayer sobre los sudarios del presente)
con esperanzas mancilladas
por los labios de un opaco y vetusto sol.
Que cantas con tu voz de noches acuchilladas
y de mendigos de la luz.
¡Ay!
Canciones funestas
que surcan las venas con su aliento
y agrietan los vidrios diurnos
de mis pupilas acuosas entre tantas lágrimas secas.
¡Ay!
Cómo duelen canciones funestas,
cómo duelen sus runas estigmatizadas
entre las sombras pregoneras
de un cúmulo de helechos
que son los hijos de mi ralea,
los estolones de mis degollados proles.
Por más dolor que haya, tú, pájaro cantor,
no calles tu alarido de piedra
que me trae la dicha de verter
en la inmortalidad de mi expiración
a esas canciones funestas.
en las que velan todas mis muertes.
Canciones funestas
con sus vestidos de liras blancas,
con sus zapatos de cristal
danzando por las laderas de mi cerebro.
Canciones funestas
que seducen a los ojos del tiempo
detenido en sus arenas
de glorias imperecederas.
Canciones traídas por el viento
a las orillas de las crucificadas olas
de una pleamar con anémonas
ahogadas en sus sentimientos.
Canciones de las cumbres cegadas
por los celajes de un apócrifo cielo.
Canciones funestas
que transitan los versos de trovadores y poetas
recluidos en mi mano
y sueltos sobre las ascuas de un texto.
Es que solo respiro canciones tristes y funestas.
Canciones que relatan el cuerpo de un vacío
y las letras mudas de un silencio.
Canciones enroscadas a la lengua
con acordes envueltos en ataúdes
y sus sueños que se quiere escapar del féretro,
pero temen a la luz refulgente
de un alba dormida en mi pecho.
Canciones deshabitadas
y prófugas de mi inocencia
que muchas veces copulan con el suicidio
y se ensalzan en pactos sin credos,
repletos de demencia.
Tú, pájaro cantor
de mi sangre desecha,
expeles un alarido de piedra
que hechiza a los espectros
de carne y hueso
(fantasmas del ayer sobre los sudarios del presente)
con esperanzas mancilladas
por los labios de un opaco y vetusto sol.
Que cantas con tu voz de noches acuchilladas
y de mendigos de la luz.
¡Ay!
Canciones funestas
que surcan las venas con su aliento
y agrietan los vidrios diurnos
de mis pupilas acuosas entre tantas lágrimas secas.
¡Ay!
Cómo duelen canciones funestas,
cómo duelen sus runas estigmatizadas
entre las sombras pregoneras
de un cúmulo de helechos
que son los hijos de mi ralea,
los estolones de mis degollados proles.
Por más dolor que haya, tú, pájaro cantor,
no calles tu alarido de piedra
que me trae la dicha de verter
en la inmortalidad de mi expiración
a esas canciones funestas.
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