abcd
Poeta adicto al portal
La eternidad, el uso de un tiempo pequeño e inútil y por sobre todo constante
va a ser un poco larga.
La eternidad, el mundo en que uno entra y sale para ser uno mismo,
alguna vez va a solicitar ausencia, mucha fría y considerada ausencia.
La eternidad, sus ladridos, sus perros ensangrentados en pasillos
llenos de corredores sin destino seguro.
La eternidad, amada enemiga de un Borges moribundo, conspicuo y elegante al transgredir sienes,
se topa conmigo, se abraza conmigo, se asombra de cuanto la ignoro,
de cuanto la llevo y la olvido a diario en los bolsillos.
Me dicen la muerte carga tu llanto oscuro.
Respondo: la muerte es clara, y amiga, y en los espejos siempre a otro ser cuida.
Uno juega a esconderse. A no reflejarse en los trocitos de cristales rotos,
pero el misterio al final es un resorte vacío hacia el pecho,
y es el cuerpo, el inmundo cuerpo es quien tiembla la aurora del espeso cinismo en que nos convertimos.
¿Soy yo un sueño viciado de eternidad?
¿Y si es qué no sé soñar? Soñar no es vivir.
¿Dónde es que pesa el alma más que las palabras,
más que el oro, más que el pasado al cual nunca podremos matar?
La eternidad, maldita resignación de quien va a trasmutar en un papel,
la eternidad, invernáculo ocioso para sombras mezquinas.
La eternidad donde nadie quiere ser invitado, ni creado,
ni menos aún sentirse un segundo en ella un poco enamorado.
va a ser un poco larga.
La eternidad, el mundo en que uno entra y sale para ser uno mismo,
alguna vez va a solicitar ausencia, mucha fría y considerada ausencia.
La eternidad, sus ladridos, sus perros ensangrentados en pasillos
llenos de corredores sin destino seguro.
La eternidad, amada enemiga de un Borges moribundo, conspicuo y elegante al transgredir sienes,
se topa conmigo, se abraza conmigo, se asombra de cuanto la ignoro,
de cuanto la llevo y la olvido a diario en los bolsillos.
Me dicen la muerte carga tu llanto oscuro.
Respondo: la muerte es clara, y amiga, y en los espejos siempre a otro ser cuida.
Uno juega a esconderse. A no reflejarse en los trocitos de cristales rotos,
pero el misterio al final es un resorte vacío hacia el pecho,
y es el cuerpo, el inmundo cuerpo es quien tiembla la aurora del espeso cinismo en que nos convertimos.
¿Soy yo un sueño viciado de eternidad?
¿Y si es qué no sé soñar? Soñar no es vivir.
¿Dónde es que pesa el alma más que las palabras,
más que el oro, más que el pasado al cual nunca podremos matar?
La eternidad, maldita resignación de quien va a trasmutar en un papel,
la eternidad, invernáculo ocioso para sombras mezquinas.
La eternidad donde nadie quiere ser invitado, ni creado,
ni menos aún sentirse un segundo en ella un poco enamorado.