La estrella ya no brilla:
su cálido esplendor
se ha refugiado
en el reino del recuerdo,
donde el poeta
la ha olvidado.
A la luna,
sus ojos ya no guiña,
y sólo suspira
por lo que el tiempo
le ha robado,
a hurtadillas,
cuando estaba,
absorta y distraída,
con el silencio
del espacio estelado.
Y silba para alegrar
a su espíritu desanimado,
mientras observa a los cometas
que juegan a ver
quién más rápido
atraviesa la Tierra.
“No te apenes,
linda estrella”,
le dice un lucero
recién levantado.
“Aun sin tu aura,
sigues siendo la misma
que inspiraba versos y rimas;
la misma que propició
amores de verano;
aquélla que dio paz
al desesperado;
y eso nada te lo quitará,
ni dioses, ni humanos”.
su cálido esplendor
se ha refugiado
en el reino del recuerdo,
donde el poeta
la ha olvidado.
A la luna,
sus ojos ya no guiña,
y sólo suspira
por lo que el tiempo
le ha robado,
a hurtadillas,
cuando estaba,
absorta y distraída,
con el silencio
del espacio estelado.
Y silba para alegrar
a su espíritu desanimado,
mientras observa a los cometas
que juegan a ver
quién más rápido
atraviesa la Tierra.
“No te apenes,
linda estrella”,
le dice un lucero
recién levantado.
“Aun sin tu aura,
sigues siendo la misma
que inspiraba versos y rimas;
la misma que propició
amores de verano;
aquélla que dio paz
al desesperado;
y eso nada te lo quitará,
ni dioses, ni humanos”.