El ermitaño
Poeta recién llegado
Beatriz
En el centro del ocio,
en una habitación de paredes laceradas,
me encuentro en un sillón, al final del túnel
que serpentea al negro portón del frontispicio.
Las agujas giran en un siniestro bucle.
Una araña se desliza por su red;
el calendario está borroso.
Siempre es de noche.
El aire está viciado; apenas respiro.
Mi piel se resquebraja,
mi corazón late con pesar,
la sangre no circula.
Un día, una luz entra temblorosa,
pequeña como una estrella.
Abro los ojos: en el túnel, tu silueta.
Eres tú, Beatriz.
Un ropaje de luz te envuelve.
Llevas la diadema de flores
y la sortija verde.
La araña baja a mi testa,
pero tu halo la repele.
Frente a mí, tus ojos:
azules, claros como el cielo.
Sonríes.
Tus labios pronuncian un nombre que fui.
Me levanto del sillón.
Salgo del túnel.
En el centro del ocio,
en una habitación de paredes laceradas,
me encuentro en un sillón, al final del túnel
que serpentea al negro portón del frontispicio.
Las agujas giran en un siniestro bucle.
Una araña se desliza por su red;
el calendario está borroso.
Siempre es de noche.
El aire está viciado; apenas respiro.
Mi piel se resquebraja,
mi corazón late con pesar,
la sangre no circula.
Un día, una luz entra temblorosa,
pequeña como una estrella.
Abro los ojos: en el túnel, tu silueta.
Eres tú, Beatriz.
Un ropaje de luz te envuelve.
Llevas la diadema de flores
y la sortija verde.
La araña baja a mi testa,
pero tu halo la repele.
Frente a mí, tus ojos:
azules, claros como el cielo.
Sonríes.
Tus labios pronuncian un nombre que fui.
Me levanto del sillón.
Salgo del túnel.