Cris Cam
Poeta adicto al portal
Batida
¡Ay! Estoy mareado. ¿Donde estoy?. Las cosas me siguen dando vueltas. El cielo está a mis pies. Las rodillas me cuelgan del volante. La sangre de la nariz, me gotea la frente... ¡Ay!... ¿Por qué no pude frenar?.
Aprieto la hebilla del cinturón y en un click caigo pesado. El hombro derecho me duele espantosamente. Las piernas no, aunque me sangran, se me durmieron... trato de despertarlas...no... no puedo... ¡ay!... no... no... quiero gritar.... pero ... ¡Angélica!, ....¡Angélica! ... ¿Donde estás mi pollito?...
Giro mi cabeza, trato de buscarla, no está aquí, a mi lado, como siempre. No puedo abrir la puerta. Estoy atrapado entre la rigidez de metales y la morbidez de mi cuerpo.
Siento el sonido familiar de un patrullero que frena y se estaciona en la banquina, voces que se acercan.
Una gruesa y conocida carcajada, me despierta, me hiela, me desespero, ¡Angélica!.
Repto con el cuello y el brazo izquierdo dentro de la cabina. Los puedo ver. Lo puedo ver a Lencina, patear el cuerpo exánime de Angélica.
Quiero... no puedo... gritar de dolor, odio, angustia, veneno.
Müller, se acerca. Trae una carpeta en la mano. Empieza a arrancarle una a una las hojas. Se acuclilla. Me las pone delante de la cara. Puedo ver los oficios, los sellos, las fechas. Puedo darme cuenta que es mi investigación del Caso Colombraro. Pero, Müller, ¿qué tiene que ver?.
Me asoma la cara, me dice, con su voz de truco.
- ¡Ay nene, nene, 5 años de yuta y no aprender para quien se trabaja, quien es el dueño de la sartén!.
El auto se incendia... y no puedo....
¡Ay! Estoy mareado. ¿Donde estoy?. Las cosas me siguen dando vueltas. El cielo está a mis pies. Las rodillas me cuelgan del volante. La sangre de la nariz, me gotea la frente... ¡Ay!... ¿Por qué no pude frenar?.
Aprieto la hebilla del cinturón y en un click caigo pesado. El hombro derecho me duele espantosamente. Las piernas no, aunque me sangran, se me durmieron... trato de despertarlas...no... no puedo... ¡ay!... no... no... quiero gritar.... pero ... ¡Angélica!, ....¡Angélica! ... ¿Donde estás mi pollito?...
Giro mi cabeza, trato de buscarla, no está aquí, a mi lado, como siempre. No puedo abrir la puerta. Estoy atrapado entre la rigidez de metales y la morbidez de mi cuerpo.
Siento el sonido familiar de un patrullero que frena y se estaciona en la banquina, voces que se acercan.
Una gruesa y conocida carcajada, me despierta, me hiela, me desespero, ¡Angélica!.
Repto con el cuello y el brazo izquierdo dentro de la cabina. Los puedo ver. Lo puedo ver a Lencina, patear el cuerpo exánime de Angélica.
Quiero... no puedo... gritar de dolor, odio, angustia, veneno.
Müller, se acerca. Trae una carpeta en la mano. Empieza a arrancarle una a una las hojas. Se acuclilla. Me las pone delante de la cara. Puedo ver los oficios, los sellos, las fechas. Puedo darme cuenta que es mi investigación del Caso Colombraro. Pero, Müller, ¿qué tiene que ver?.
Me asoma la cara, me dice, con su voz de truco.
- ¡Ay nene, nene, 5 años de yuta y no aprender para quien se trabaja, quien es el dueño de la sartén!.
El auto se incendia... y no puedo....