Tengo un barrio chiquito en la memoria,
apenas cuatro calles pero... ¡cuantos tesoros!
cuanto universo abierto ante los ojos
y cuanta prohibición desatendida.
Las calles eran tierra, descampados enormes,
dunas de piedra y polvo de los que guardo marca,
enormes selvas, de cañas y amapolas,
donde eramos vaqueros,
forajidos o sherifs de pistolas invisibles
que mataban a gritos:
¡te he dado!, ¡estás muerto!,
¡mentira!, ¡yo te dí primero!,
y en la grandeza de esos juegos infantiles
a veces los indios ganaban,
y uno sabía, en el fondo de su alma de niño,
que reparaba así una injusticia.
Los años me crecieron y también a mi barrio,
yo me hice mayor y el se ha vuelto un anciano,
y aquí, en la lejanía, cuando el sol me deslumbra
se en que esquina del barrio la sombra te protege
y en qué banco la abuela estará aun sentada,
esperando que un día me siente junto a ella
y charlemos sin prisa de mi vida y la suya
y del barrio chiquito que nos hizo felices.
apenas cuatro calles pero... ¡cuantos tesoros!
cuanto universo abierto ante los ojos
y cuanta prohibición desatendida.
Las calles eran tierra, descampados enormes,
dunas de piedra y polvo de los que guardo marca,
enormes selvas, de cañas y amapolas,
donde eramos vaqueros,
forajidos o sherifs de pistolas invisibles
que mataban a gritos:
¡te he dado!, ¡estás muerto!,
¡mentira!, ¡yo te dí primero!,
y en la grandeza de esos juegos infantiles
a veces los indios ganaban,
y uno sabía, en el fondo de su alma de niño,
que reparaba así una injusticia.
Los años me crecieron y también a mi barrio,
yo me hice mayor y el se ha vuelto un anciano,
y aquí, en la lejanía, cuando el sol me deslumbra
se en que esquina del barrio la sombra te protege
y en qué banco la abuela estará aun sentada,
esperando que un día me siente junto a ella
y charlemos sin prisa de mi vida y la suya
y del barrio chiquito que nos hizo felices.