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Aún puede florecer

Rosa Reeder

Poeta que considera el portal su segunda casa
La esperanza no siempre entra con estruendo.

No derriba puertas ni rompe las sombras con espadas de fuego.

A veces, simplemente se posa.

Ligera como el polvo que flota en la penumbra de una habitación cerrada,

invisible a los ojos impacientes, pero presente.

Está ahí, entre los pliegues de un día gris,

en la mirada de alguien que no dijo mucho,

pero se quedó.


Hay momentos en los que todo parece consumirse.

Las palabras pierden su fuerza,

las manos se vacían,

el alma se repliega en sí misma como una flor herida por el viento.

Y justo entonces, cuando el mundo parece haberse olvidado de cantar,

la esperanza, esa pequeña obstinada,

vuelve a brotar en el rincón menos pensado:

en la risa quebrada de un niño,

en el calor de una taza compartida,

en un trozo de cielo que se abre entre los edificios.


No es ingenuidad.

La esperanza no es ciega ni sorda al dolor.

Ella ha visto guerras, ha atravesado duelos,

ha dormido sobre cenizas y ha bebido lágrimas.

Pero no ha dejado de creer.

Porque la esperanza no es negación,

es decisión.

Es la firmeza de quien, aun con las rodillas temblando,

vuelve a ponerse de pie.

Es el arte de encender una vela aunque el viento no dé tregua.


Y al final —sí, hay un final que es también principio—

cuando creímos haber llegado al borde del abismo,

descubrimos que había puente.

No estaba a la vista antes,

porque la esperanza no se muestra al que no la busca.

Pero al que persevera,

al que resiste sin saber cómo,

ella le entrega un regalo:

el asombro de lo nuevo,

el primer paso hacia algo mejor,

el renacer lento, pero cierto, de la vida.


Porque mientras haya un latido,

mientras un solo corazón se niegue a rendirse,

la esperanza seguirá diciendo,

aunque sea en voz baja:

“Aún no es el final. Todavía puede florecer.”



Rosa María Reeder
Derechos Reservados
 
La esperanza no siempre entra con estruendo.

No derriba puertas ni rompe las sombras con espadas de fuego.

A veces, simplemente se posa.

Ligera como el polvo que flota en la penumbra de una habitación cerrada,

invisible a los ojos impacientes, pero presente.

Está ahí, entre los pliegues de un día gris,

en la mirada de alguien que no dijo mucho,

pero se quedó.


Hay momentos en los que todo parece consumirse.

Las palabras pierden su fuerza,

las manos se vacían,

el alma se repliega en sí misma como una flor herida por el viento.

Y justo entonces, cuando el mundo parece haberse olvidado de cantar,

la esperanza, esa pequeña obstinada,

vuelve a brotar en el rincón menos pensado:

en la risa quebrada de un niño,

en el calor de una taza compartida,

en un trozo de cielo que se abre entre los edificios.


No es ingenuidad.

La esperanza no es ciega ni sorda al dolor.

Ella ha visto guerras, ha atravesado duelos,

ha dormido sobre cenizas y ha bebido lágrimas.

Pero no ha dejado de creer.

Porque la esperanza no es negación,

es decisión.

Es la firmeza de quien, aun con las rodillas temblando,

vuelve a ponerse de pie.

Es el arte de encender una vela aunque el viento no dé tregua.


Y al final —sí, hay un final que es también principio—

cuando creímos haber llegado al borde del abismo,

descubrimos que había puente.

No estaba a la vista antes,

porque la esperanza no se muestra al que no la busca.

Pero al que persevera,

al que resiste sin saber cómo,

ella le entrega un regalo:

el asombro de lo nuevo,

el primer paso hacia algo mejor,

el renacer lento, pero cierto, de la vida.


Porque mientras haya un latido,

mientras un solo corazón se niegue a rendirse,

la esperanza seguirá diciendo,

aunque sea en voz baja:

“Aún no es el final. Todavía puede florecer.”



Rosa María Reeder
Derechos Reservados
La esperanza en aquellos que la buscan y persisten a pesar de la adversidad es enriquecedora.

Saludos
 
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