Nuria
Poeta que considera el portal su segunda casa
Descansando estaba en mi dulce cielo
cuando escuché un clamor venir de muy lejos.
Palabras truncadas en carbón hirviendo
y manchas de sangre envolvían sus velos.
Corrí sin contenerme e incline mi oído.
El lamento era tal que no pude resistirme.
Fue así como rehusando a una orden Divina,
aun sin el permiso del Divino Supremo
me arriesgué y extendí mi mano al foso del averno.
El calor era tal que quemó mis alas blancas.
A oscuras, casi a tientas logre tomar tu mano.
Y tu asido a mi no me soltabas.
Temblabas sollozando cual si fueses niño.
¿Quién diría que los ángeles negros lloran?
Tu mirada tenue inundó mi espacio
y cautivo mis sentidos de mieles y esperanzas.
En un dulce desafió al cielo y al infierno
te tome en mis brazos e hicimos juramento.
Casi un pacto eterno, un tanto real y un tanto ingenuo.
De no separarnos hasta el fin de los tiempos.
Así vagamos por espacio de un tiempo
caminando en mi cielo y tu vestido de negro.
A Dios no le parecia, a los Angeles menos.
¿Pues que comunión tiene la luz con las tinieblas?
Yo enseñándote mi dialecto, el mismo de los Ángeles eternos.
Y tu con ansias de aprender para olvidarte del infierno.
Pero muy dentro de ti aun ardía la flama
que te pedía a gritos que al foso regresaras.
Fue así, como de madrugada, muy a hurtadillas,
muy de a calladas,
te fuiste huyendo del cielo que te resguardaba.
¡Maldito infierno! ¡Maldito vástago de tormento!
¿Cómo osaste llevártelo de nuevo?
El cielo ya a punto de proclamar su perdón
y yo, y yo de rodillas implorando compasión.
Arriesgue mis alas, arriesgue mi eternidad,
por rescatar al ángel negro,
de su maligna mortandad.
Ahora ya no te escucho,
creo que te fuiste muy lejos.
A un abismo más tenue
donde ya no percibo tus lamentos.
Que diera yo por volver a mirarte
y hundirme en esos ojos negros.
Si tuviera que retornar a arriesgar mis alas blancas
y aún mi eternidad completa,
lo haría con tal de verte de nuevo libre
disfrutando del cielo eterno sin cadenas
:::triste::: cuando escuché un clamor venir de muy lejos.
Palabras truncadas en carbón hirviendo
y manchas de sangre envolvían sus velos.
Corrí sin contenerme e incline mi oído.
El lamento era tal que no pude resistirme.
Fue así como rehusando a una orden Divina,
aun sin el permiso del Divino Supremo
me arriesgué y extendí mi mano al foso del averno.
El calor era tal que quemó mis alas blancas.
A oscuras, casi a tientas logre tomar tu mano.
Y tu asido a mi no me soltabas.
Temblabas sollozando cual si fueses niño.
¿Quién diría que los ángeles negros lloran?
Tu mirada tenue inundó mi espacio
y cautivo mis sentidos de mieles y esperanzas.
En un dulce desafió al cielo y al infierno
te tome en mis brazos e hicimos juramento.
Casi un pacto eterno, un tanto real y un tanto ingenuo.
De no separarnos hasta el fin de los tiempos.
Así vagamos por espacio de un tiempo
caminando en mi cielo y tu vestido de negro.
A Dios no le parecia, a los Angeles menos.
¿Pues que comunión tiene la luz con las tinieblas?
Yo enseñándote mi dialecto, el mismo de los Ángeles eternos.
Y tu con ansias de aprender para olvidarte del infierno.
Pero muy dentro de ti aun ardía la flama
que te pedía a gritos que al foso regresaras.
Fue así, como de madrugada, muy a hurtadillas,
muy de a calladas,
te fuiste huyendo del cielo que te resguardaba.
¡Maldito infierno! ¡Maldito vástago de tormento!
¿Cómo osaste llevártelo de nuevo?
El cielo ya a punto de proclamar su perdón
y yo, y yo de rodillas implorando compasión.
Arriesgue mis alas, arriesgue mi eternidad,
por rescatar al ángel negro,
de su maligna mortandad.
Ahora ya no te escucho,
creo que te fuiste muy lejos.
A un abismo más tenue
donde ya no percibo tus lamentos.
Que diera yo por volver a mirarte
y hundirme en esos ojos negros.
Si tuviera que retornar a arriesgar mis alas blancas
y aún mi eternidad completa,
lo haría con tal de verte de nuevo libre
disfrutando del cielo eterno sin cadenas
Dedicado a un gran amigo... un angel negro.