Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
ARGENTO EN LAS HOJAS DEL ÁLAMO UMBRÍO
Quizás, somos las piezas de un horizonte sombrío,
un viento de especies agitando el follaje nocturno,
un miedo hurgando entre sangre y despojos,
de todas las gárgolas confinadas, al alba,
en las piedras del pecho.
Quizás, en esta búsqueda acérrima somos;
y la vida, este fatal devenir entre planes,
que proclama en el aullido de estirpes
un rencor de epitafios y crones,
no es más que un rito de sospechas
y dudas, que nos exige inferir la existencia.
Y mientras acecha en el sol la ceniza,
la hora enferma invoca al vampiro
–gota que tiembla, inexorable cordura–;
y en el féretro un poco de tierra lejana,
con la semilla del espectro que torció las esquinas.
Depredando, por tanto, en las catedrales de tiempo
y de angustia, nos define una sed insaciable:
amor, trascendencia;
argento en las hojas del álamo umbrío,
verdad adyacente a nocturnidad y a hombre.
Paliamos entonces, con un silencio devoto,
los graznidos del cuervo sobrevolando las manos,
mientras en la ebriedad de pendientes
el sino insalvable nos somete a reliquias,
a vértigos viejos de códigos nuevos.
Y paradójicamente, entre conjugaciones
de muerte y de vida, de humano y de bestia,
somos: no más que un conjuro
que aplaza del percutor la sentencia.
Quizás, somos las piezas de un horizonte sombrío,
un viento de especies agitando el follaje nocturno,
un miedo hurgando entre sangre y despojos,
de todas las gárgolas confinadas, al alba,
en las piedras del pecho.
Quizás, en esta búsqueda acérrima somos;
y la vida, este fatal devenir entre planes,
que proclama en el aullido de estirpes
un rencor de epitafios y crones,
no es más que un rito de sospechas
y dudas, que nos exige inferir la existencia.
Y mientras acecha en el sol la ceniza,
la hora enferma invoca al vampiro
–gota que tiembla, inexorable cordura–;
y en el féretro un poco de tierra lejana,
con la semilla del espectro que torció las esquinas.
Depredando, por tanto, en las catedrales de tiempo
y de angustia, nos define una sed insaciable:
amor, trascendencia;
argento en las hojas del álamo umbrío,
verdad adyacente a nocturnidad y a hombre.
Paliamos entonces, con un silencio devoto,
los graznidos del cuervo sobrevolando las manos,
mientras en la ebriedad de pendientes
el sino insalvable nos somete a reliquias,
a vértigos viejos de códigos nuevos.
Y paradójicamente, entre conjugaciones
de muerte y de vida, de humano y de bestia,
somos: no más que un conjuro
que aplaza del percutor la sentencia.