Argentina
Así como las
rosas derraman con sus
gotas el
embrujo de
nuestro despertar; así
te siento yacer hoy,
inerte sobre la
nieve que los
Andes besarán.
Delirio creativo,
edén azul y austral.
Montes esmeraldas,
inabarcables a la razón.
Cien mil veces me
oirán, tu nombre
recitar:
Argentina, Argentina
.
Zaguán del paraíso,
ondea tu Sol al viento;
¡nunca vuelvas a llorar!
El fondo y la forma en un poema son trascendentales, el conjunto que forman debe ser compacto y 'poético' esto es: un poema ha de decir algo que no podemos decir en prosa, lo que algunos viene a denominar 'lo inefable' que, bien puede no existir o no captarse, ya que siempre entra en el campo subjetivo del lector. Para un lector que no alcance el poema, entonces no será tal, será simplemente prosa. Como crítico puedo intuir el hecho poético en este escrito, pero como lector lamento no llegar más allá de su prosa, aun a pesar de usarse lenguaje e imágenes poéticas.
El principal problema en este poema es la elección del acróstico, juego que nos marca el poema en una caja fija y limita la libertad como cualquier otro metro que podamos elegir, con la salvedad de que un metro clásico aporta ritmo, enfasis, etc.. y el acróstico poco nos deja que nos ayude, más que la ya citada caja fija y el juego que propone. Es por ello que la realización de un acróstico requiere un esfuerzo extra para alcanzar el hecho poético.
Para mejorar trabajaría bastante más el acróstico, o bien elegiría otra forma más adecuada.
También me gustaría destacar:
- el abuso del encabalgamiento en los cinco primeros versos, que poco aporta para un verso de aparente metro largo:
Así como las rosas derraman con sus gotas / el embrujo de nuestro despertar;
- el uso de imágenes demasiado comunes en los dos últimos versos:
ondea tu Sol al viento;
¡nunca vuelvas a llorar!
Y ya que este foro es para que todos crezcamos un poco más, me gustaría aportar un precioso poema de R. Alberti con el que sí alcanzo lo que intuyo que poéticamente pretendías:
LO QUE DEJE POR TI
Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de la vida.
Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.
Dejé palomas tristes junto a un río,
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.
Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.
Un saludo,
Miguel