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En casa no había más poesía
que la de la araña.
Mis ocho años y el hilo de mi mirada
entre sus ocho patas.
De aquí para allá, teje que teje
los ángulos prodigiosos,
casi trasparentes, pero no ciegos.
Hasta que llegaba la niebla
de la noche después de la lluvia
y las perlas de agua bebían sol
hasta que el sol las bebía.
Puntos de fulgor.
Luego albercas de blancura.
Pasaba una mosca,
y luego ya no.
Pasar. Evaporarse sin ser gota.
Le belleza era descubrir lo salvaje.
Dar a la tela saltamontes, mariposas.
Envolver la luz
e intuir que muere
para gestarse en ojos. Red renacida
y atrapada en su geometría.
No había un solo libro de poesía
en las cinco enciclopedias
de mi hogar de niño,
solo la araña.
Sus ocho ojos y mis ocho años
sin miedo.
Esta ceguera infantil
ya no recuerda la maravilla.
Solo teje que teje
las sombras de lo que fue luz
de un día, libertad de ver
sin esclavitud de sentir
cuando en verdad
una verdad se sentía.
En casa no había más poesía
que la de la araña.
Mis ocho años y el hilo de mi mirada
entre sus ocho patas.
De aquí para allá, teje que teje
los ángulos prodigiosos,
casi trasparentes, pero no ciegos.
Hasta que llegaba la niebla
de la noche después de la lluvia
y las perlas de agua bebían sol
hasta que el sol las bebía.
Puntos de fulgor.
Luego albercas de blancura.
Pasaba una mosca,
y luego ya no.
Pasar. Evaporarse sin ser gota.
Le belleza era descubrir lo salvaje.
Dar a la tela saltamontes, mariposas.
Envolver la luz
e intuir que muere
para gestarse en ojos. Red renacida
y atrapada en su geometría.
No había un solo libro de poesía
en las cinco enciclopedias
de mi hogar de niño,
solo la araña.
Sus ocho ojos y mis ocho años
sin miedo.
Esta ceguera infantil
ya no recuerda la maravilla.
Solo teje que teje
las sombras de lo que fue luz
de un día, libertad de ver
sin esclavitud de sentir
cuando en verdad
una verdad se sentía.
"cuando en verdad una verdad se sentía"... Pues sí, carnalito Pedro, parece que cuando nos hacemos adultos (y viejetes ) la vida nos enfunda un traje tipo spiderman que nos hace insensibles al roce de las verdades más sencillas y elementales; y solo los peterpanes, los poetas, los amantes de los animales y los árboles, y algún que otro borracho esporádico, conservan ese superpoder de ver y sentir la belleza y el amor (porque la belleza es amor y viceversa) que envuelven a tantas y tantas criaturas y elementos que nos llevan acompañando desde que tenemos uso de memoria, que no de razón (porque la razón es una cosa que se otorga y "autootorga" demasiado a la ligera)... Y en fin, que te ha quedado muy chulo este poema de arácnida melancolía.
Un abrazo fuerte, hermanito.
En casa no había más poesía
que la de la araña.
Mis ocho años y el hilo de mi mirada
entre sus ocho patas.
De aquí para allá, teje que teje
los ángulos prodigiosos,
casi trasparentes, pero no ciegos.
Hasta que llegaba la niebla
de la noche después de la lluvia
y las perlas de agua bebían sol
hasta que el sol las bebía.
Puntos de fulgor.
Luego albercas de blancura.
Pasaba una mosca,
y luego ya no.
Pasar. Evaporarse sin ser gota.
Le belleza era descubrir lo salvaje.
Dar a la tela saltamontes, mariposas.
Envolver la luz
e intuir que muere
para gestarse en ojos. Red renacida
y atrapada en su geometría.
No había un solo libro de poesía
en las cinco enciclopedias
de mi hogar de niño,
solo la araña.
Sus ocho ojos y mis ocho años
sin miedo.
Esta ceguera infantil
ya no recuerda la maravilla.
Solo teje que teje
las sombras de lo que fue luz
de un día, libertad de ver
sin esclavitud de sentir
cuando en verdad
una verdad se sentía.
En casa no había más poesía
que la de la araña.
Mis ocho años y el hilo de mi mirada
entre sus ocho patas.
De aquí para allá, teje que teje
los ángulos prodigiosos,
casi trasparentes, pero no ciegos.
Hasta que llegaba la niebla
de la noche después de la lluvia
y las perlas de agua bebían sol
hasta que el sol las bebía.
Puntos de fulgor.
Luego albercas de blancura.
Pasaba una mosca,
y luego ya no.
Pasar. Evaporarse sin ser gota.
Le belleza era descubrir lo salvaje.
Dar a la tela saltamontes, mariposas.
Envolver la luz
e intuir que muere
para gestarse en ojos. Red renacida
y atrapada en su geometría.
No había un solo libro de poesía
en las cinco enciclopedias
de mi hogar de niño,
solo la araña.
Sus ocho ojos y mis ocho años
sin miedo.
Esta ceguera infantil
ya no recuerda la maravilla.
Solo teje que teje
las sombras de lo que fue luz
de un día, libertad de ver
sin esclavitud de sentir
cuando en verdad
una verdad se sentía.