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Aquellos recuerdos de París...

Pessoa

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AQUELLOS RECUERDOS DE PARÍS


Debiera ser en otoño, la época del año en la que París condensa muchas de las cualidades que la hacen misteriosa, lúdica, encantadora, en la que luce una máscara tras la que se quiere ocultar la amante clandestina, la antigua modistilla que mataba sus tristezas en los bailes junto al Sena, los pintores bohemios hoy arrumbados por la mercantilización del Arte... Todo aquel imaginario del París esplendoroso de los años de entreguerras, efervescente de ganas de vivir, gloriosamente borracho en la explosión de las nuevas formas del arte, inmerso en su “joie de vivre” capaz de ocultar sus grandes dramas, su inconsciencia para adivinar el trágico futuro, de leer el mensaje de difícil lectura que esa liviandad de vida le enviaba, enviaba toda aquella sociedad frívola y hambrienta de placeres, absorta en los cantos de las sirenas que le impedían ver la inminencia de la debacle.


En ese otoño fantasmal y soñador a mi me gustaba pasear por las calles, todavía sórdidas, de los barrios que ocultaban tras sus bambalinas restos del esplendor pasado. Era difícil, pero todavía podían encontrarse rincones, patios, pasajes que mostraban a un ojo inquieto y vocacional signos de aquel pasado que nunca volverá. Sería por los otoños antes y después del mayo del 68, aquel último latido intenso del corazón de París, aquella batahola maravillosa que alguien, algunos, se encargaron de abortar y sumir de nuevo en la grisalla antigua las aspiraciones de libertad y auténtica belleza que se proponían, como en un nuevo cuadro de Delacroix, al pueblo de París y desde él al mundo libre occidental.


Eran amenos aquellos mis paseos al borde del Canal St.Martin, alrededor de la Place de la Republique, por la umbría otoñal de Les Vosgues. Era una vivencia casi surreal la contemplación de los Grandes Bulevares, con sus interminables escaparates en los que el lujo, un lujo ya con connotaciones de universal vulgaridad, asombraban a los atónitos espectadores: “Chez Cartier, bracelet en or et diamants, prix 1.200.000 €, t.t.c.” Oh, aquella simple visión abría los cielos de un universo inalcanzable, pero prodigioso, al boquiabierto paseante. Volver por la Rue St. Denis, habiendo pasado por la Porte St. Denis, cantada por los poetas surrealistas y llegar hasta Les Halles, para sumergirse allí en el tráfago del nuevo Paris-la-nuit, el pintoresco revoltijo de turistas y nuevos parisinos, zascandiles, amantes de la noche, de la música desenfrenada que brotaba como un turbio geisser de las antiguas caves.


Y por la mañana, entre las brumas perezosas, reiniciar la visita obligada a algunos antiguos pasajes, tratar de encontrar en ellos el espíritu que cantó Louis Aragon en su “Le paysan de Paris”, una vez reconstituído el cuerpo y abonado el alma con un suculento desayuno a base de repostería recién horneada y el clásico café au lait, acompañado si el excesivo frío lo aconsejaba de una buena copa de grog a base de ron jamaicano.


Todos estos, que ahora son ensueños, pude vivirlos (o tal vez soñarlos) cuando mi espíritu universalista estaba constreñido en un país triste, abrumado por una miseria casi consustancial con él, que apenas estaba despertando a una primavera efímera y precavida que ya lucía en otro lugares de Europa. Todos estos sueños míos fueron realidad un día. Ahora sólo me queda disfrutarlos con la perspectiva del tiempo que ya no tengo. Y he de reconocer que los disfrutaba más y mejor cuando estaba vivo...



images


Ilust.: Paris. Porte St. Denis
fotocomposición de kiubole. mx.​
 
Maravilloso relatar el tuyo, un bonito viaje por París con un perfecto y sugerente final, para que no falte de nada. Saludos y felicitaciones.
 
Última edición:
He seguido ese recorrido por París siguiendo cada letra y me ha traído traído a primer plano la bella ciudad con estos ingredientes vivenciados por ti, que persisten en el viento de la fantasía y embellecen más mis paseos reales con la magia del misterio.
Saludos cordiales
 
Última edición:
¿Cuando estabas vivo?
Ese dejo de triste nostalgia no me ha gustado.
El resto, sí.
Leerte es una gozada, es como pasear contigo por todos esos lugares que de manera tan impresionante nos describes en cuerpo y alma. En lo que se ve y en lo que se adivina, eres el amo pintando parajes.
Fíjate que yo pensaba que el grog era la bebida de los piratas. Reminiscencias del Monkey Island... hace mil años ya.

Con un afectuoso abrazo, te dejo una maravilla de canción.

 
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