El cielo llora gotas de algodón,
y yo aquí esposado espero sórdido tu aparición
como alma que huye empedernida.
Porque la luna predijo tu venida,
en tinta color vino, manchada su faz tiñó,
aún yo quejo mi ser en otra triste canción.
Porque moriste en mis brazos y los augurios
no me dejan caminar, me sumo en el diluvio
de mis lágrimas derramar, aun en cuevas
cohabito y neceser mío de buscar una respuesta:
está viva y morir no quiera ni pensar su estela,
por desgracia del veneno que en manos apesta.
Rendición en mi más profundidad en fin resurge,
mas la veré si acontezco allegar sus pasos
a mis ojos en brillo puro, el fracaso no me urge
al ver sangre oscura y aunarme pintar mi rostro craso.
Derramar ese frasco bendito por pulular su faz
hace mi tormento aún llover ácido en mis pupilas.
Mas no lavarme puedo y aclarar sus huellas con paz,
libertad en mi mano al palpar una de sus plumas caídas.
Ya por fin siento su inocencia, su asiento en tumba,
mi temblorosa piel que gime sus labios,
en paranoias me hundo porque la alucinación me derrumba,
de ahí que mi mente dibuje lienzos, arte de sabios:
porque las gélidas primaveras dan paso
a tenebrosos inviernos, fortuna del fracaso.
Y sin tu presencia de fondo me congelo,
sin ti no hay sol que me proteja de este hielo,
de esta fría tortura. Y mitigo la presión
con cantos de sirenas. Las mismas penas
en alabanzas que atenúan con tensión
esta destreza: seguir esperando en eterna
convicción a mi ángel y en infierno
sumergirme para encontrarte, amada bella.
Porque tu sonrisa los cúmulos pensamientos
recian acantilados y sumergen en cadena
los peores momentos en las celdas del olvido.
Por siempre, la que mi alma anhela cada día
por recibir tu encanto y cariño inmerecido.
Por siempre, mi ángel, a ti espero, flor cálida y fría.
y yo aquí esposado espero sórdido tu aparición
como alma que huye empedernida.
Porque la luna predijo tu venida,
en tinta color vino, manchada su faz tiñó,
aún yo quejo mi ser en otra triste canción.
Porque moriste en mis brazos y los augurios
no me dejan caminar, me sumo en el diluvio
de mis lágrimas derramar, aun en cuevas
cohabito y neceser mío de buscar una respuesta:
está viva y morir no quiera ni pensar su estela,
por desgracia del veneno que en manos apesta.
Rendición en mi más profundidad en fin resurge,
mas la veré si acontezco allegar sus pasos
a mis ojos en brillo puro, el fracaso no me urge
al ver sangre oscura y aunarme pintar mi rostro craso.
Derramar ese frasco bendito por pulular su faz
hace mi tormento aún llover ácido en mis pupilas.
Mas no lavarme puedo y aclarar sus huellas con paz,
libertad en mi mano al palpar una de sus plumas caídas.
Ya por fin siento su inocencia, su asiento en tumba,
mi temblorosa piel que gime sus labios,
en paranoias me hundo porque la alucinación me derrumba,
de ahí que mi mente dibuje lienzos, arte de sabios:
porque las gélidas primaveras dan paso
a tenebrosos inviernos, fortuna del fracaso.
Y sin tu presencia de fondo me congelo,
sin ti no hay sol que me proteja de este hielo,
de esta fría tortura. Y mitigo la presión
con cantos de sirenas. Las mismas penas
en alabanzas que atenúan con tensión
esta destreza: seguir esperando en eterna
convicción a mi ángel y en infierno
sumergirme para encontrarte, amada bella.
Porque tu sonrisa los cúmulos pensamientos
recian acantilados y sumergen en cadena
los peores momentos en las celdas del olvido.
Por siempre, la que mi alma anhela cada día
por recibir tu encanto y cariño inmerecido.
Por siempre, mi ángel, a ti espero, flor cálida y fría.