Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Amor en bancarrota:
un banco sin bóveda,
un dios sin templo,
una moneda que gira en el aire
y nunca cae de canto,
porque hasta la gravedad se cansó de sostener la ilusión.
Los besos cotizan en la bolsa de humo,
se venden acciones de promesas rotas,
y los dividendos de la ternura
no alcanzan ni para comprar un silencio limpio.
Todo se licúa:
el recuerdo se vuelve deuda,
el abrazo, letra vencida,
la caricia, pagaré sin firma.
El contador del alma hace la suma y se equivoca:
¿cómo contabilizar las pérdidas del deseo?
¿cómo auditar los vacíos que dejaron los “te amo” no pronunciados?
El amor camina con traje de quiebra,
arrastrando papeles de liquidez inexistente,
intentando hipotecar la memoria
en un banco que ya no existe.
Ni los acreedores del sueño quieren cobrar:
saben que aquí ya no hay nada,
que hasta las lágrimas, esas monedas oxidadas,
se evaporan en la última subasta de la esperanza.
Amor, empresa quebrada,
fuiste imperio de latidos y hoy eres
archivo muerto,
papel amarillento,
acta de un incendio donde nadie quiso apagar las llamas.
Y sin embargo,
aunque el balance muestre cero,
hay una ganancia invisible,
absurda, delirante:
el corazón, terco, insiste en reinvertirse,
como si la ruina también pudiera ser
un nuevo principio.
un banco sin bóveda,
un dios sin templo,
una moneda que gira en el aire
y nunca cae de canto,
porque hasta la gravedad se cansó de sostener la ilusión.
Los besos cotizan en la bolsa de humo,
se venden acciones de promesas rotas,
y los dividendos de la ternura
no alcanzan ni para comprar un silencio limpio.
Todo se licúa:
el recuerdo se vuelve deuda,
el abrazo, letra vencida,
la caricia, pagaré sin firma.
El contador del alma hace la suma y se equivoca:
¿cómo contabilizar las pérdidas del deseo?
¿cómo auditar los vacíos que dejaron los “te amo” no pronunciados?
El amor camina con traje de quiebra,
arrastrando papeles de liquidez inexistente,
intentando hipotecar la memoria
en un banco que ya no existe.
Ni los acreedores del sueño quieren cobrar:
saben que aquí ya no hay nada,
que hasta las lágrimas, esas monedas oxidadas,
se evaporan en la última subasta de la esperanza.
Amor, empresa quebrada,
fuiste imperio de latidos y hoy eres
archivo muerto,
papel amarillento,
acta de un incendio donde nadie quiso apagar las llamas.
Y sin embargo,
aunque el balance muestre cero,
hay una ganancia invisible,
absurda, delirante:
el corazón, terco, insiste en reinvertirse,
como si la ruina también pudiera ser
un nuevo principio.