Arkeidos
Poeta que considera el portal su segunda casa
Niña blanca ven y cuéntame del día
en que jamás volveré a ver la luz.
Cuéntame de todas las caras y las voces que desaparecen.
Cuéntame de la muchedumbre que se difumina
en el umbral del vacío, y solo quedo yo,
el eterno rey del silencio, sentado en un trono de huesos,
mis propios huesos.
Me siento estático, soy una piedra, que no sabe llorar,
mirando a las estrellas y a la luna,
que se atreven a herir con su luz,
las tinieblescas noches en las que habito.
A veces sueño y me proyecto hacia otros universos,
donde mi temor se desvanece,
donde mi alma puede llorar e inundar ríos invisibles
que navegan en la cósmica deidad, tan sola, tan fría.
Niña de elegante y sombría estampa,
cuéntales de mi sangre que se vierte en la inmensidad,
y se convierte en oscuridad que extiende aún mas la noche.
Cuéntales de la sombra viviente en la que me he convertido.
Las risas se diluyen, y solo queda un atisbo
de esperanza radiante que ilumina donde no debería hacerlo.
Porque yo soy la sombría sombra que no quiere ver la luz arder.
Esperando el golpe de la muerte,
de ti, mi niña de cabello negro y piel de leche.
En la oscuridad te puedo ver,
tú, que tienes tantos nombres como yo.
Tú, sonríes cuando me vez palidecer,
muriendo en el agua espesa de mi melancolía,
que se agiganta como un mar de negrura.
Es tu sonrisa un alimento banal,
un antídoto temporal para mi tristeza.
Podría enamórame de la misma muerte si fueras tú.
Podría enamorarme de tu piel sensible y blanquísima,
de tu misticismo, que emana ensoñaciones enrarecidas,
así como encantadoras y mágicas sensaciones misteriosas.
Todos los sueños siguen siendo los mismos,
todos los que deje en mundos de inimaginable arquitectura,
insólita, como mi alma fragmentada en legiones de cuentos,
que te cuento en cada noche que refulge en fuego nocturno,
tú mi aliada, mi compañía melancólica.
Me enamora tu silencio, tu abrazo que me sofoca,
y a la vez me nutre de falsa felicidad.
Cada que me abrazas siento que dejo una parte de mí,
en el camino soñoliento y gris de esta vida,
que se ve cada vez más lejana,
entrando en el umbral que divide los mundos de la luz y la oscuridad,
de la negra tempestad, de la lluvia santa de oro luz.
Mi melancolía es tan profunda
como un abismo de insondable longitud,
y lo sabes, porque tú habitas ahí, como mi última esperanza,
el remedio que me inspira a nunca jamás olvidar
que antes que oscuridad, yo soy luz.
en que jamás volveré a ver la luz.
Cuéntame de todas las caras y las voces que desaparecen.
Cuéntame de la muchedumbre que se difumina
en el umbral del vacío, y solo quedo yo,
el eterno rey del silencio, sentado en un trono de huesos,
mis propios huesos.
Me siento estático, soy una piedra, que no sabe llorar,
mirando a las estrellas y a la luna,
que se atreven a herir con su luz,
las tinieblescas noches en las que habito.
A veces sueño y me proyecto hacia otros universos,
donde mi temor se desvanece,
donde mi alma puede llorar e inundar ríos invisibles
que navegan en la cósmica deidad, tan sola, tan fría.
Niña de elegante y sombría estampa,
cuéntales de mi sangre que se vierte en la inmensidad,
y se convierte en oscuridad que extiende aún mas la noche.
Cuéntales de la sombra viviente en la que me he convertido.
Las risas se diluyen, y solo queda un atisbo
de esperanza radiante que ilumina donde no debería hacerlo.
Porque yo soy la sombría sombra que no quiere ver la luz arder.
Esperando el golpe de la muerte,
de ti, mi niña de cabello negro y piel de leche.
En la oscuridad te puedo ver,
tú, que tienes tantos nombres como yo.
Tú, sonríes cuando me vez palidecer,
muriendo en el agua espesa de mi melancolía,
que se agiganta como un mar de negrura.
Es tu sonrisa un alimento banal,
un antídoto temporal para mi tristeza.
Podría enamórame de la misma muerte si fueras tú.
Podría enamorarme de tu piel sensible y blanquísima,
de tu misticismo, que emana ensoñaciones enrarecidas,
así como encantadoras y mágicas sensaciones misteriosas.
Todos los sueños siguen siendo los mismos,
todos los que deje en mundos de inimaginable arquitectura,
insólita, como mi alma fragmentada en legiones de cuentos,
que te cuento en cada noche que refulge en fuego nocturno,
tú mi aliada, mi compañía melancólica.
Me enamora tu silencio, tu abrazo que me sofoca,
y a la vez me nutre de falsa felicidad.
Cada que me abrazas siento que dejo una parte de mí,
en el camino soñoliento y gris de esta vida,
que se ve cada vez más lejana,
entrando en el umbral que divide los mundos de la luz y la oscuridad,
de la negra tempestad, de la lluvia santa de oro luz.
Mi melancolía es tan profunda
como un abismo de insondable longitud,
y lo sabes, porque tú habitas ahí, como mi última esperanza,
el remedio que me inspira a nunca jamás olvidar
que antes que oscuridad, yo soy luz.
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