No habrá cohortes celestiales
cuyos ángeles airados,
sus trompetas toquen
anunciando que ha llegado
para nosotros, el final.
Un día despertaremos,
nos miraremos ante el espejo
y no reconoceremos la imagen,
hastiada,
que nos devolverá la mirada,
empezando así
nuestra entrada en la nada.
La destrucción se empieza
sin desearlo,
poco a poco:
Con olvidos, con orgullos,
con codicia y avaricia,
con desprecio a lo que hay delante,
sin memoria con lo que hay detrás,
creyéndote rey del cielo
cuando en realidad eres
pasajero sin billete,
sólo una casualidad.
No somos más
que polvo de cosmos,
aunque eso no lo admitiría
nuestra vanidad.
No hay dioses que escuchen
porque son sólo sueños
que nuestras mentes crearon
para sentirnos acompañados
y la muerte espantar,
como niños que duermen
pensando en que los cuentos
que sus padres les contaron
se vuelven realidad.
Nada nos hará vivir,
ni ruegos, ni oraciones,
si a nuestro cuerpo
le llega
la hora de morir.
No nos esperan
blancas nubes
de extrañas formas
en el cielo.
Sólo la fría humedad
de la tierra oscura
que bajo nuestros pies
a las criaturas
siempre espera
con la misma equidad.
Nada nos avisará,
no habrá anuncios externos
que nos adviertan
que el temido Apocalipsis
se acerca,
pues vendrá
de nuestro interior,
con paso silencioso,
sin estrépitos y estridencias,
cuando día a día
olvidamos qué somos
y para qué estamos,
cuando la vida
alrededor ignoramos
y dejamos que la tierra,
moribunda,
por nuestro desinterés humano,
languidezca y perezca.
cuyos ángeles airados,
sus trompetas toquen
anunciando que ha llegado
para nosotros, el final.
Un día despertaremos,
nos miraremos ante el espejo
y no reconoceremos la imagen,
hastiada,
que nos devolverá la mirada,
empezando así
nuestra entrada en la nada.
La destrucción se empieza
sin desearlo,
poco a poco:
Con olvidos, con orgullos,
con codicia y avaricia,
con desprecio a lo que hay delante,
sin memoria con lo que hay detrás,
creyéndote rey del cielo
cuando en realidad eres
pasajero sin billete,
sólo una casualidad.
No somos más
que polvo de cosmos,
aunque eso no lo admitiría
nuestra vanidad.
No hay dioses que escuchen
porque son sólo sueños
que nuestras mentes crearon
para sentirnos acompañados
y la muerte espantar,
como niños que duermen
pensando en que los cuentos
que sus padres les contaron
se vuelven realidad.
Nada nos hará vivir,
ni ruegos, ni oraciones,
si a nuestro cuerpo
le llega
la hora de morir.
No nos esperan
blancas nubes
de extrañas formas
en el cielo.
Sólo la fría humedad
de la tierra oscura
que bajo nuestros pies
a las criaturas
siempre espera
con la misma equidad.
Nada nos avisará,
no habrá anuncios externos
que nos adviertan
que el temido Apocalipsis
se acerca,
pues vendrá
de nuestro interior,
con paso silencioso,
sin estrépitos y estridencias,
cuando día a día
olvidamos qué somos
y para qué estamos,
cuando la vida
alrededor ignoramos
y dejamos que la tierra,
moribunda,
por nuestro desinterés humano,
languidezca y perezca.