Ana Clavero
Poeta que considera el portal su segunda casa
La noche se tornó aún más cálida, como si hubiera sido un anticipo de la, ya cercana, Noche de San Juan.
Lo que comenzó como una simple charla amistosa, se convirtió en deseo contenido y, amparados por la oscuridad exterior, dejaron caer las barreras que los separaban. Cayeron al mismo tiempo y con la misma suavidad con que los tirantes, de la camisola de seda, se deslizaban por los bronceados hombros de ella.
Dos mundos lejanos, dos galaxias distantes se unieron. Los elementos se conjuraron en su favor. Una roca les dio cobijo y las estrellas y la luna iluminaron los senderos, por los que la pasión guiaba a unos dedos suaves y unos labios con sabor de amor. La fiesta del universo siguió y, al alba, Poseidón dio tibieza a sus dominios para que los amantes pudieran seguir con su danza de amor. Eolo los envolvió con una suave brisa de levante.
Se amaron, se amaron libremente, sin tontos prejuicios moralistas. Se olvidaron del resto del mundo, sólo fueron un hombre y una mujer, amándose.
Más tarde fue la ciudad de piedras desnudas y tiempo otoñal, la que acogió a los amantes en su peregrinar. El astro rey no quiso ser menos que los demás y se unió a la fiesta lanzando sus rayos con toda su fuerza sobre unas latitudes de las que solía ocuparse pocos días al año. Hubo calor, sudor, pasión y, con el agua, de nuevo, llegó la calma.
Habían agotado su tiempo, el orden tenía que volver a su universo. Las galaxias volvieron a distanciarse y sus mundos se alejaron.
¿Había sucedido o lo habían soñado? No, no había sido un sueño. Un poema, escrito al alba, les recordará para siempre que la magia existe.
Ana Clavero
Lo que comenzó como una simple charla amistosa, se convirtió en deseo contenido y, amparados por la oscuridad exterior, dejaron caer las barreras que los separaban. Cayeron al mismo tiempo y con la misma suavidad con que los tirantes, de la camisola de seda, se deslizaban por los bronceados hombros de ella.
Dos mundos lejanos, dos galaxias distantes se unieron. Los elementos se conjuraron en su favor. Una roca les dio cobijo y las estrellas y la luna iluminaron los senderos, por los que la pasión guiaba a unos dedos suaves y unos labios con sabor de amor. La fiesta del universo siguió y, al alba, Poseidón dio tibieza a sus dominios para que los amantes pudieran seguir con su danza de amor. Eolo los envolvió con una suave brisa de levante.
Se amaron, se amaron libremente, sin tontos prejuicios moralistas. Se olvidaron del resto del mundo, sólo fueron un hombre y una mujer, amándose.
Más tarde fue la ciudad de piedras desnudas y tiempo otoñal, la que acogió a los amantes en su peregrinar. El astro rey no quiso ser menos que los demás y se unió a la fiesta lanzando sus rayos con toda su fuerza sobre unas latitudes de las que solía ocuparse pocos días al año. Hubo calor, sudor, pasión y, con el agua, de nuevo, llegó la calma.
Habían agotado su tiempo, el orden tenía que volver a su universo. Las galaxias volvieron a distanciarse y sus mundos se alejaron.
¿Había sucedido o lo habían soñado? No, no había sido un sueño. Un poema, escrito al alba, les recordará para siempre que la magia existe.
Ana Clavero