BOHEMIOJUBILADO_
Poeta recién llegado
¡Ahora los viejos somos nosotros!
Cada vez que regreso a Aranjuez, el barrio que me vio gastar más de la mitad de mis días, encuentro menos rostros conocidos. Soy como un extraño que llega por primera vez a esas calles que ayer fueron mías. Las muchachas que besábamos entonces hoy pintan canas y cargan nietos rumbo a escuelas o guarderías. Ahora no se ven barras de adolescentes dejando pasar la vida en las esquinas, ni se juega futbol en las calles, ni pasan niños montados en sus caballitos de palos de escoba y sombreros napoleónicos de papel periódico.
Cuando quiero tener en mi cerebro el olor fresco de aquel barrio que me tocó gozar y padecer, me voy al único lugar que aún queda intacto y se resiste a morir: la tiendita de Consuelo, antes de don Ángel, y antes de él la verdad no sé. Ese sitio todavía es punto de obligado encuentro para aquellos que gustamos del sabor amargo de un café o de un trago añejado en barriles de recuerdo.
Desde allí miro el pasado, desde sus taburetes de cuero tostado y sus mesas desvencijadas; esas que hace tiempos acogieron a sacerdotes, médicos, profesores, estudiantes, putas, marrulleros, y una que otra arriesgada ama de casa. Puedo distinguir las pisadas de cada uno de ellos: de Calzones, uno de los ladrones más renombrados de la ciudad; de Absalón Vargas, el inspector del barrio, también muy conocido, pero por andar tras de Calzones; del padre Barrientos, quien levantó una parroquia vendiendo empanadas y veladoras a la salida de misa; de los doctores Ramírez, padre e hijo, la salud del barrio; y de mi padre, uno de los maestros más populares y que también anduvo por allí.
La vida se va encargando de cambiarnos amigos, mujeres, gustos y hasta parientes. La verdad se acabó el barrio que conocí y me duele ir a buscar en él lo que no encuentro: algún retazos de infancia o adolescencia, siquiera un alma que me reconozca, un abrazo de un viejo amigo, el olor a mi madre caminando por una acera, la mirada de mi padre reflejada en algún vecino; pero hoy, ni vecinos quedan.
Siempre me gustó estar entre pillos y viejos, no sé si para robarles sus historias o aprender un poco de ellos. Cada uno, a su manera, me contaba Las Mil y Una Noches del barrio y la ciudad. Pero, a los primeros los mataron, encarcelaron o simplemente hoy callan por miedo, y los segundos, de uno en uno, se los llevó la muerte. Ahora que quiero escribir sobre mi Aranjuez y no puedo, entiendo la respuesta que me dio un amigo hace poco. Le pregunté: Memo, ¿Dónde están los viejos del barrio? Él sabiamente contestó: los viejos se murieron, ¡ahora los viejos somos nosotros!
BOHEMIOJUBILADO_
Cada vez que regreso a Aranjuez, el barrio que me vio gastar más de la mitad de mis días, encuentro menos rostros conocidos. Soy como un extraño que llega por primera vez a esas calles que ayer fueron mías. Las muchachas que besábamos entonces hoy pintan canas y cargan nietos rumbo a escuelas o guarderías. Ahora no se ven barras de adolescentes dejando pasar la vida en las esquinas, ni se juega futbol en las calles, ni pasan niños montados en sus caballitos de palos de escoba y sombreros napoleónicos de papel periódico.
Cuando quiero tener en mi cerebro el olor fresco de aquel barrio que me tocó gozar y padecer, me voy al único lugar que aún queda intacto y se resiste a morir: la tiendita de Consuelo, antes de don Ángel, y antes de él la verdad no sé. Ese sitio todavía es punto de obligado encuentro para aquellos que gustamos del sabor amargo de un café o de un trago añejado en barriles de recuerdo.
Desde allí miro el pasado, desde sus taburetes de cuero tostado y sus mesas desvencijadas; esas que hace tiempos acogieron a sacerdotes, médicos, profesores, estudiantes, putas, marrulleros, y una que otra arriesgada ama de casa. Puedo distinguir las pisadas de cada uno de ellos: de Calzones, uno de los ladrones más renombrados de la ciudad; de Absalón Vargas, el inspector del barrio, también muy conocido, pero por andar tras de Calzones; del padre Barrientos, quien levantó una parroquia vendiendo empanadas y veladoras a la salida de misa; de los doctores Ramírez, padre e hijo, la salud del barrio; y de mi padre, uno de los maestros más populares y que también anduvo por allí.
La vida se va encargando de cambiarnos amigos, mujeres, gustos y hasta parientes. La verdad se acabó el barrio que conocí y me duele ir a buscar en él lo que no encuentro: algún retazos de infancia o adolescencia, siquiera un alma que me reconozca, un abrazo de un viejo amigo, el olor a mi madre caminando por una acera, la mirada de mi padre reflejada en algún vecino; pero hoy, ni vecinos quedan.
Siempre me gustó estar entre pillos y viejos, no sé si para robarles sus historias o aprender un poco de ellos. Cada uno, a su manera, me contaba Las Mil y Una Noches del barrio y la ciudad. Pero, a los primeros los mataron, encarcelaron o simplemente hoy callan por miedo, y los segundos, de uno en uno, se los llevó la muerte. Ahora que quiero escribir sobre mi Aranjuez y no puedo, entiendo la respuesta que me dio un amigo hace poco. Le pregunté: Memo, ¿Dónde están los viejos del barrio? Él sabiamente contestó: los viejos se murieron, ¡ahora los viejos somos nosotros!
BOHEMIOJUBILADO_