A veces en la noche
multitudes de sombras
se pegan en la niebla
que oscura se derrama
manchando con su lumbre mortecina
las pálidas veredas del silencio.
Y en un surco de pasos decididos
avanzan gravemente las baldosas
bajando los peldaños del suburbio
y asomando distante y anodina
su espesura mundana y abrasiva
hasta el borde del cielo conocido.
Bajo un llanto de hienas deprimidas
subyace una entelequia desquiciada
que irrumpe sin aviso y se hace eco
en todos los rincones del recuerdo.
Tributo de un dolor sin aspavientos
se esparce un acertijo entre los pastos
y hay pájaros que nacen taciturnos
sedientos de epitafios milenarios.
Las fauces de una hoguera centenaria
asidas al costal de los relojes
se ciernen sobre el lecho de los años
y asestan con rigor su veredicto.
El tiempo es un palacio destruido.
multitudes de sombras
se pegan en la niebla
que oscura se derrama
manchando con su lumbre mortecina
las pálidas veredas del silencio.
Y en un surco de pasos decididos
avanzan gravemente las baldosas
bajando los peldaños del suburbio
y asomando distante y anodina
su espesura mundana y abrasiva
hasta el borde del cielo conocido.
Bajo un llanto de hienas deprimidas
subyace una entelequia desquiciada
que irrumpe sin aviso y se hace eco
en todos los rincones del recuerdo.
Tributo de un dolor sin aspavientos
se esparce un acertijo entre los pastos
y hay pájaros que nacen taciturnos
sedientos de epitafios milenarios.
Las fauces de una hoguera centenaria
asidas al costal de los relojes
se ciernen sobre el lecho de los años
y asestan con rigor su veredicto.
El tiempo es un palacio destruido.
Última edición: