Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
A qué jugamos, amor,
si todo esto es un laberinto de relojes que no se ponen de acuerdo.
Si vos y yo somos apenas dos palabras en una página mal impresa,
o tal vez el eco de una conversación en un vagón de tren que nunca llegó a destino.
Jugamos a ser lo que no podemos,
a ser el sol y la luna en una danza que siempre se eclipsa,
jugamos a encontrarnos en las esquinas de los sueños,
donde siempre uno llega antes y el otro se queda mirando el reloj,
como si el tiempo fuese un dios caprichoso al que seguimos adorando.
A veces jugamos a ser gatos que se buscan en los tejados,
y otras, a ser lluvia que cae en silencio, mojando una ciudad que ya no nos pertenece.
Pero nunca sabemos cuándo detenernos,
cuando el juego se convierte en trampa y nos quedamos atrapados,
enredados en hilos invisibles que alguien olvidó cortar.
Decime, amor, ¿a qué jugamos hoy?
¿A romper los espejos para no vernos reflejados en lo que somos?
¿O a cerrar los ojos y creer que volamos,
cuando en realidad no hemos salido de este cuarto que construimos con palabras?
Quizás jugamos a no saber,
a fingir que no nos importa el final del libro,
porque si lo leemos juntos, tal vez lo entendamos,
o tal vez lo quememos antes de llegar a la última página.
A qué jugamos, amor,
si todo esto no es más que un intento fallido de ser humanos,
con todas nuestras contradicciones y sin manual de instrucciones.
Tal vez jugamos a seguir jugando,
porque en el fondo sabemos que la vida,
con sus reglas absurdas y sus dados trucados,
siempre nos pedirá otra partida.
si todo esto es un laberinto de relojes que no se ponen de acuerdo.
Si vos y yo somos apenas dos palabras en una página mal impresa,
o tal vez el eco de una conversación en un vagón de tren que nunca llegó a destino.
Jugamos a ser lo que no podemos,
a ser el sol y la luna en una danza que siempre se eclipsa,
jugamos a encontrarnos en las esquinas de los sueños,
donde siempre uno llega antes y el otro se queda mirando el reloj,
como si el tiempo fuese un dios caprichoso al que seguimos adorando.
A veces jugamos a ser gatos que se buscan en los tejados,
y otras, a ser lluvia que cae en silencio, mojando una ciudad que ya no nos pertenece.
Pero nunca sabemos cuándo detenernos,
cuando el juego se convierte en trampa y nos quedamos atrapados,
enredados en hilos invisibles que alguien olvidó cortar.
Decime, amor, ¿a qué jugamos hoy?
¿A romper los espejos para no vernos reflejados en lo que somos?
¿O a cerrar los ojos y creer que volamos,
cuando en realidad no hemos salido de este cuarto que construimos con palabras?
Quizás jugamos a no saber,
a fingir que no nos importa el final del libro,
porque si lo leemos juntos, tal vez lo entendamos,
o tal vez lo quememos antes de llegar a la última página.
A qué jugamos, amor,
si todo esto no es más que un intento fallido de ser humanos,
con todas nuestras contradicciones y sin manual de instrucciones.
Tal vez jugamos a seguir jugando,
porque en el fondo sabemos que la vida,
con sus reglas absurdas y sus dados trucados,
siempre nos pedirá otra partida.